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    Pecado original, dialéctica y ciencia


    “Bendito sea el pecado original porque nos permite ser hombres”.

    Solo 60 años después he entendido la frase con que Hernán Cárdenas me ripostó cuando, recién ingresado en Sociología de la Universidad Católica de Chile, yo expresé mi queja sobre el sufrimiento humano a partir del pecado cometido por Adán y Eva.

    Contrariamente a las conocidas distorsiones sobre el relato bíblico, el pecado original nada tuvo que ver con sexo ni procreación. La Biblia es clara en cuanto a que Dios lo que les prohibió a los progenitores de nuestra especie fue que “comieran del árbol del conocimiento del bien y del mal”.

    Aunque absurdamente se ha ligado este texto con cuestiones de sexualidad, Dios ni ningún papá o mentor inteligente y responsable permitiría a sus pupilos que se metieran en un tema tan complejo y delicado como el de la dialéctica del bien y del mal “sin su tutoría”. Hasta ser mayores y con experiencia y conciencia sobre diversos temas; gradualmente, como todo plan de instrucción.

    Naturalmente, tendría que ver con el sexo y la paternidad responsables.

    Nada puede quedar fuera de la dialéctica del ser o no ser, del bien y el mal; ni de las infinitas formas de conflictos en la sociedad, la familia, la empresa y cualquier forma de agrupación entre humanos. Y similarmente, en el ser interior de cada uno de nosotros, en cualquier plano, sea biológico, orgánico, emocional o espiritual.

    De eso deberíamos saber bastante los dominicanos, porque Dios nos facilitó esta joya territorial, a la que el padre Boíl llamó “Isla de las vicisitudes”; la codiciada “Viña de Nabot”, como nos advirtiera tan disimuladamente Sumner Welles, en su magnífica obra sobre las luchas por la independencia y soberanía nacionales, siendo los dominicanos victoriosos sobrevivientes de terribles invasiones por parte de, desde el menesteroso vecino haitiano, hasta de los poderosos amigos del norte de Europa y América.

    La dialéctica del pecado nos acompaña todo el tiempo, y, gracias a Dios, nos obliga día a día y minuto a minuto a luchar contra novedosas e increíblemente inteligentes y novedosas formas de corrupción.

    Pero de igual modo, disponemos de la hermosa y acompañada promesa de poder crecer en cada lucha interior o social, espiritual, individual o social.

    “Nada es, todo deviene”, nos advertía Heráclito nativo de Éfeso, ese lugar que Dios privilegió con enviarle las enseñanzas de Pablo de Tarso.

    Porque la “dialéctica del error y su superación” es motor del crecimiento humano en todos los aspectos y dimensiones. Lo que hoy nos parecen errores, pecados o tragedias garrafales e imperdonables, son el origen de futuras conquistas y superaciones de la propia humanidad.

    La ciencia misma es el producto de la prueba y del error, y de la constante superación.

    Pero ‘el asunto’ sigue siendo la desobediencia. Queremos hacer las cosas a nuestro modo. Sin pensar que, sin Dios, humanidad, universo, ciencia y religión oscilan entre la dialéctica de la dispersión y la disolución y el hoyo negro. 

    Como regresando al caos original.

    Afortunadamente, Dios tiene mejores propuestas.

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