Nadie tiene una vida lineal, perfecta, no se tiene la familia perfecta, ni la pareja perfecta, ni el trabajo perfecto. En el viaje por la vida se van a vivir experiencias estresantes, riesgo, vulnerabilidades y ciertos traumas. Es decir, la incertidumbre, las adversidades y las crisis, son parte del contexto del desarrollo, de la experiencia y de madurez.
El tema de los traumas es complejo y serio. A veces lo minimizamos, creemos que no nos afectan y hasta solemos negarlo como acontecimiento que, marcaron nuestras vidas y nos provocaron el miedo construido, la ansiedad, la vergüenza, la culpa o la evitación que defendemos o racionalizamos.
Cualquier experiencia estresante, cualquier impacto emocional o psicológico nos pone en peligro y nos provoca una herida emocional, dejando huellas somáticas en el cerebro, para luego convertirse en un estrés postraumático.
Existen traumas emocionales, psicológicos, físicos, sexuales, financieros, infidelidades, divorcio, pérdidas, desastres naturales, abandono, traición, acoso moral o social. Esas experiencias o dolor traumático pueden asimilarse o darle lectura de forma individual cada persona, ya sea por sus experiencias previas, por inteligencia emocional que posee, por su habilidad o destreza en el manejo de conflictos, pero también, por la madurez alcanzada. Es evidente que, no todas las personas responden de forma funcional y adaptativa a los traumas y a las adversidades que les toca enfrentar.
Existen personas a la que un trauma les cambio la vida, produciendo desregulación emocional, conducta y comportamientos desajustados, buscando refugios riesgosos: alcohol, drogas, violencia, aislamiento, conflictividad, depresión e intentos de suicidios.
La trampa más disfuncional de los traumas es, cuando los resultados de la vida han cambiado después del trauma y la persona no le pone nombre ni apellido a sus limitaciones o la niega, la minimiza o prefiere buscar respuestas infantiles, evitativas o justifican sus comportamientos.
No se trata de olvidar la experiencia estresante ni las consecuencias que ha dejado el trauma, sino tener presente cómo te sientes, qué respuesta y reflexión les da a lo que te pasó o qué decisiones y planes construye para volver a enfocarse en la vida, volver a relacionarse y tomar decisiones inteligente y coherente en el presente.
No hay que esconder las emociones, ni sentir vergüenza por el impacto, por las pérdidas o limitaciones que nos dejó el trauma. Recordar siempre que, el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional. Las personas que se han levantado después de un trauma son más significativas que las que nunca se han caído. Los traumas ayudan a conocerse, a identificar debilidades, a reconocer vulnerabilidades, pero también, ayudan a reconocer fortaleza emocional, resistencia, autoconfianza y capacidad de adaptación social y personal.
Las personas resilientes han vivido momentos difíciles, traumas y adversidades, pero aprenden a confiar, volverse optimistas, enfocarse de nuevo, construir propósitos de vida y fluir en la vida con más firmeza y más esperanza.
Literalmente, el mundo cambió, la inteligencia artificial, la tecnología, la economía y la cultura nos exponen a nuevos eventos traumáticos. Además, vivimos en un mundo más egoísta y más egocentrista. Los resultados, más estrés, más desapego y desconexiones, más depresión y más ansiedad. En la vida es mejor aprender a gestionar lo que nos puede pasar que, vivir evitando todo o aceptar el confort para no exponerse a nuevas adversidades.

