No existe norma alguna, ni principio humanista, ni ley de Dios que obligue o siquiera insinúe que una persona o un pueblo deba convivir con su enemigo.
La norma cristiana ordena amar al prójimo, ayudarlo a vivir y a superar sus debilidades y miserias.
Tampoco existe un solo miembro de la ONU, la OEA, ni siquiera de las agrupaciones revolucionarias o transformistas, WOKE o de cualquier variante, cuyos honorables miembros vivan en casas con puertas abiertas o residencias sin murallas ni dispositivos de seguridad. A pesar de querer exigirnos que los adoptemos como compatriotas.
Tenemos en nuestra cercanía a los haitianos muy buenos, bien educados, clasemedias que residen allá o fuera de su país; que fueron a la escuela y hablan idiomas diversos con gracia y maestría.
Existen también los haitianos buenos, que incluso viven en nuestro territorio, en nuestro barrio o lugar, que son cristianos, que suelen juntarse con nosotros en la iglesia los domingos, y que a leguas se ve que es gente, que no vinieron a molestar ni a exigir clemencia de sus vecinos dominicanos.
Pero también existe en abundancia el haitiano malo, el perverso, que suele carecer de educación y tener malos hábitos. Un haitiano que no fue a la escuela, que suele creer que este lado de Quisqueya también le pertenece; que poco en común tiene con los haitianos cristianos, y que en cambio suelen ser vuduistas, satanistas y perversos, que ni siquiera hablan un idioma, sino dialectos diversos, incapaces de entenderse entre ellos mismos, y que han estado destruyendo su propio país.
Se trata de esos haitianos que mientras otros compraron sus entradas para el partido de fútbol entre República Dominicana y Haití y ocuparon pacíficamente sus asientos en el Estadio Olímpico Félix Sánchez, estos vinieron a imponer un absurdo, falso y absurdo derecho territorial, con una agresión que sobrepasó todo lo racionalmente esperable por nuestras autoridades, quienes, junto con el resto de la población dominicana y también de los haitianos buenos, jamás imaginaron que tal atrocidad podría ocurrir, para obligar a los agentes de seguridad del Estadio a dejarlos entrar atropellada, salvaje y libremente.
Se trata de los haitianos que ningún país del planeta los quiere en sus respectivos territorios.
Gracias a Dios, parece que nuestras autoridades, líderes, empresarios y notables están empezando a darse cuenta de que ninguna razón sociopolítica, ni empresarial, ni pseudorreligiosa o de cualquier malvada ideología del atraso y la autodestrucción pueda proponernos su aceptación, como tampoco convivencia alguna con dicha especie, sus representantes o sustentadores.
Los dominicanos, eso sí, estamos en la obligación de diferenciarlos. De crear un mecanismo para determinar si los individuos provenientes de Haití creen en Jesucristo, en Baal, o son parte de un proyecto totalitarista y exterminador de origen chiita.
O, si en cambio, vienen a ayudar a mantener la paz, aportando al excepcional y dificultoso proceso de crecimiento económico que con muchos problemas y deficiencias sociales y espirituales se está con tratando de realizar en nuestra muy amada República Dominicana.
