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    La vida fragmentada


    El nacer y el morir representan los dos extremos del vivir. En el Homo sapiens, todo se inicia con el apareamiento que biológicamente se reduce a la cópula. La hembra aporta desde su ovario un óvulo con 23 cromosomas que incluyen el cromosoma X, mientras que el macho, a través de los testículos, contribuye con otros 23 cromosomas que incluyen otro X para constituir un huevo fecundado femenino. En su defecto, puede el hombre entregar un cromosoma Y para conformar un ser masculino. A los nueve meses de gestación, sale un nuevo ser a la luz para transitar por la niñez, la pubertad, la adolescencia, la adultez, el envejecimiento y el deceso.

    Lo que más distingue a los humanos de las demás especies animales es su inmensa capacidad como ser social. Ninguna otra especie ha conseguido evolucionar mental y socialmente como lo ha hecho este primate. Los maravillosos avances tecnológicos han revolucionado la humanidad. En apenas un cuarto de siglo, la media de vida de las personas en el mundo desarrollado ronda alrededor de los ochenta años, mientras que la mortalidad infantil se ha reducido drásticamente. Sin embargo, los nacimientos en ese grupo humano han disminuido, por lo que ya empieza a sentirse la longevidad como una carga social desprovista de brazos jóvenes que la sostengan.

    Llama la atención la discrepancia vital entre los distintos continentes, naciones y grupos sociales. Basta solamente observar la niñez en el África pobre, versus la niñez en la Europa desarrollada. La mortalidad infantil y materna en los países pobres representa un bochorno para el mundo moderno. Los niños haitianos, hondureños, bolivianos, versus aquellos argentinos, canadienses o norteamericanos no muestran rostros ni cuerpos parecidos, por solo poner un continente de ejemplo.

    Dentro de un mismo territorio notamos grandes diferencias en las condiciones de vida de sus ciudadanos. No es igual la forma de vida de las capas medias blancas norteamericanas comparada con la de los afroamericanos y latinos. Los servicios de salud, educación, vivienda y alimentación revelan diferencias significativas. Naciones con grandes extensiones territoriales como la India revelan disímiles grupos sociales con patrones de natalidad, longevidad y salud.

    Un filósofo y un poeta interpretan el mundo de manera diferente dependiendo del contexto social, cultural y económico en que les ha tocado vivir. La urbanización global, juntamente con la nueva cultura mediática al alcance de pobres y ricos, ha cambiado la percepción individual y colectiva de millones de individuos. El algoritmo homogeniza el pensamiento, lo que, combinado con el uso de sustancias dopaminérgicas, mantiene embelesada a la juventud.

    Al tiempo que se fragmenta la vida, de igual manera se homogeniza la mente persiguiendo un imaginario fantasioso no tangible. La inteligencia artificial nos crea voces e imágenes casi imposibles de distinguir de las reales. Vivimos repartidos entre dos mundos: el real y el virtual.

    El escritor alemán Günter Grass obtuvo el premio Nobel de Literatura en 1999. Su novela El tambor de hojalata nos recuerda la historia de un niño que rehusa crecer más allá de los tres años para redoblar con su tambor la memoria, la resistencia y la culpa. ¡Ojalá el mundo de plata que nos abrió a la vida nos cierre a todos con broche de oro!

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