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    Eduardo Matos Moctezuma vuelve a sus raíces como ciudadano dominicano


    Hainan Reynoso Uribe

    A sus 85 años, con la lucidez intacta y una memoria que viaja con precisión entre siglos, códices y excavaciones, el arqueólogo y antropólogo Eduardo Matos Moctezuma habla de República Dominicana como quien regresa a su casa.

    No lo hace desde la nostalgia vacía, sino desde una pertenencia cultivada desde la infancia, entre libros, conversaciones familiares y la voz de un padre dominicano que le enseñó que la identidad también se hereda en la palabra.

    El viernes 15 de mayo fue juramentado ciudadano dominicano a título de naturalización privilegiada, luego de que el presidente Luis Abinader firmara el decreto 723-25 el pasado 31 de diciembre, a solicitud de la Embajada Dominicana en México. La ceremonia se celebró en el Palacio Nacional, por iniciativa del embajador y destacado periodista Juan Bolívar Díaz Santana.

    Pero mucho antes del decreto, Matos ya había hecho ese viaje. “Yo estoy formado por una dualidad, mi padre dominicano, mi madre mexicana”, dice, como si en lugar de su biografía, definiera una forma de mirar el mundo.

    Su padre fue el diplomático dominicano Rafael Matos Díaz, quien se desempeñó como secretario de la embajada dominicana en México y desde niño le hablaba de Caonabo, Enriquillo, Pedro Henríquez Ureña, Salomé Ureña y de esa historia que para él nunca fue ajena. “Mi padre tomaba un libro de Pedro Henríquez Ureña y decía: escuchen. Quizá en ese momento no prestábamos una atención mayor, pero algo queda. Algo queda”.

    Y quedó. Tanto, que años después escribió una antología sobre Pedro Henríquez Ureña, estudió a Enriquillo, a Fray Antón de Montesinos, la poesía popular dominicana y hasta publicó “El negrito poeta mexicano y el dominicano: ¿realidad o fantasía?”, obra con la que conecta tradiciones mexicanas y dominicanas.

    Ahora, al recibir formalmente la nacionalidad dominicana, no habla de un honor protocolar, sino de una restitución íntima. “Para mí es el reencuentro con esa otra parte mía”.

    Retrato de Tomás Bobadilla

    El arqueólogo

    La frase no necesita adornos. Es el mismo hombre que en 1978 dirigió el hallazgo del Templo Mayor de la antigua Tenochtitlán, uno de los descubrimientos arqueológicos más importantes de América Latina en el siglo XX. Todo comenzó una madrugada, cuando unos obreros, en pleno centro de Ciudad de México, golpearon una piedra que no quisieron romper. Vieron relieves, se detuvieron y avisaron. Aquella piedra era Coyolxauhqui, la diosa lunar mexica (azteca). Y debajo estaba la historia.

    A Matos, con apenas 37 años, le encargaron dirigir el proyecto. “Mira, en dos años se va a cumplir medio siglo del Proyecto Templo Mayor, que yo fundé en 1978”, recuerda.

    Desde entonces, más de 1,300 publicaciones han surgido de aquella excavación: libros, tesis doctorales, investigaciones, catálogos y estudios que transformaron la comprensión de la civilización mexicana. Pero él insiste en algo que parece simple y no lo es. “La arqueología no busca tesoros, busca respuestas”.

    Para él, una pequeña punta de obsidiana puede ser tan valiosa como una escultura monumental, porque no se trata de belleza, sino de contexto. “Todos los objetos traen una carga de información. Eso es lo que el arqueólogo busca”.

    Su fascinación por la arqueología comenzó en la adolescencia, gracias a un libro prestado por un amigo: “Dioses, tumbas y sabios”. Allí descubrió a Egipto y decidió que sería arqueólogo. Cuando se lo dijo a sus padres, el silencio fue absoluto.

    Su madre, la mexicana Edith Moctezuma Barreda, con ternura y pragmatismo le sugirió que estudiara también en la Escuela Bancaria y Comercial.

    Pensaba, quizá, que su hijo moriría de hambre. Entonces un amigo le dijo una frase que todavía recuerda: “A lo mejor te mueres de hambre, pero te vas a morir muy contento porque hiciste lo que quisiste”. Y así fue. No murió de hambre. Ganó el Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales, recibió distinciones como la Medalla “Henry B. Nicholson” por el Archivo Mesoamericano y el Museo Peabody de la Universidad de Harvard en 2002; de China, de Francia y de decenas de universidades, pero habla de todo eso sin grandilocuencia. Harvard creó una cátedra con su nombre, la primera dedicada a un latino.

    Hablar de memoria

    De la necesidad de enseñar a los jóvenes que el pasado no es un adorno académico, sino una raíz. “Si nada más privilegiamos una parte de la historia, estaríamos viendo parcialmente quiénes somos”.

    Le preocupa que las humanidades retrocedan frente al avance de la tecnología y la inteligencia artificial. No por rechazo al progreso, sino por equilibrio. “Las humanidades te están dando parámetros humanos. Si dejamos eso, se está cometiendo un error gravísimo”.

    Por eso insiste en que la historia indígena no puede reducirse ni desaparecer. Recuerda que en 1992 se opuso a la idea del “descubrimiento de América”, porque ese concepto ignoraba civilizaciones enteras que ya existían.

    Propugna por preservar la memoria histórica, “porque cada país debe conocer su propio ser, su propio interior. Si no, está desconociéndose a sí mismo”.

    Y quizá por eso, cuando juró como dominicano, no fue una ceremonia de nacionalidad. Fue, en realidad, como una forma de volver.



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