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    ¿Un Presidente de carrera en la Suprema Corte? Ya ocurrió en 1982


    El año 2026 marca un punto de inflexión para el sistema de justicia en la República Dominicana. Con el vencimiento del período constitucional de 11 de los magistrados de la Suprema Corte de Justicia (SCJ), el Consejo Nacional de la Magistratura (CNM) se enfrenta a la inminente tarea de evaluar, ratificar o sustituir a casi dos tercios de la matrícula del más alto tribunal de la nación.

    Como era de esperarse, el proceso ha encendido el debate público. En las últimas semanas, diversas voces del ámbito jurídico y civil han comenzado a presionar para que una vez completada la nueva matrícula, el tribunal sea presidido por un juez de carrera judicial. Quienes defienden esta postura argumentan que ha llegado el momento de hacer historia y elegir, «por primera vez», a un presidente surgido de las propias entrañas del sistema de justicia.

    Sin embargo, esta narrativa comete un error de amnesia histórica. Si el Consejo Nacional de la Magistratura decide designar a un magistrado de carrera para dirigir el Poder Judicial, no estará inaugurando un camino inédito, estará replicando un precedente de alta dignidad que ya existió en nuestro país.

    El dilema del perfil de Presidente: ¿Gerencia o judicatura?

    El diseño constitucional e institucional de nuestra Suprema Corte de Justicia es equilibrado. La ley establece que las tres cuartas partes (3/4) de su matrícula deben ser jueces provenientes de la carrera judicial, mientras que la cuarta parte restante (1/4) se reserva para profesionales del derecho ajenos a ella, abogados del ejercicio privado, académicos o miembros del Ministerio Público. Esta cuota minoritaria permite la entrada de juristas del sector privado que, según algunos defensores, aportan una visión más abierta, abarcadora y gerencial.

    Esta última visión es la que ha prevalecido en las últimas décadas. Los últimos dos presidentes de la Suprema Corte han venido precisamente del ámbito privado y de la administración pública externa. Es el caso de los magistrados Mariano Germán y Luis Henry Molina. Quienes justifican este modelo argumentan que la posición de Juez Presidente conlleva importantísimas prerrogativas administrativas y gerenciales que se manejan mejor con una mentalidad externa al tribunal.

    En la acera de enfrente, quienes hoy exigen un presidente de carrera buscan un cambio de timón. Argumentan que el liderazgo institucional debe recaer en alguien que conozca el oficio de juzgar desde la base, que entienda las necesidades cotidianas de los tribunales y que represente la máxima aspiración del mérito judicial. Pero al defender esta noble causa, suelen afirmar que «esto nunca ha ocurrido». Y ahí es donde la historia exige una precisión.

    El precedente de Manuel Bergés Chupani

    Quienes afirman que nunca hemos tenido un presidente de carrera se escudan en un tecnicismo cronológico. La estructura moderna de la Carrera Judicial dominicana fue formalmente introducida mediante la Ley No. 327-98 en el año 1998. Bajo el visor de esa legislación actual, es verdad que los presidentes posteriores han venido de fuera.

    Pero reducir el concepto de «carrera» a la existencia de una ley moderna es restarles mérito a los gigantes sobre cuyos hombros se edificó nuestra judicatura. El más brillante ejemplo de ello es el fenecido Dr. Manuel Bergés Chupani, quien fue designado Presidente de la Suprema Corte de Justicia en el año 1982.

    A Bergés Chupani no le hacía falta una ley de carrera para demostrar lo que era ser un juez de carrera de pies a cabeza. Su trayectoria dentro del sistema de justicia fue un ascenso escalonado, pulcro y estrictamente meritocrático. Comenzó desde el peldaño más humilde del organigrama judicial como Juez de Paz. Posteriormente, por su capacidad y solvencia moral, ascendió a Juez de Primera Instancia, luego a Juez de una Corte de Apelación e, inclusive, llegó a ser Juez de la propia Suprema Corte de Justicia antes de ser investido como su Presidente.

    ¿Qué es un juez de carrera sino alguien que consagra su vida entera o gran parte de la misma, al servicio de la justicia administrando la ley desde el tribunal más pequeño hasta el más alto? El doctor Bergés Chupani encarnó de manera práctica el espíritu y los valores que hoy exigimos a la carrera judicial moderna.

    Por lo tanto, la discusión que el Consejo Nacional de la Magistratura tiene sobre la mesa no debe plantearse bajo la falsa premisa de una «innovación absoluta» o de romper un techo de cristal inexistente.

    Si bien mi preferencia es que el próximo Presidente venga del ejercicio privado, si en este proceso de renovación el CNM opta por elegir a un Magistrado de Carrera para presidir la Suprema Corte de Justicia, no estará experimentando con un modelo nuevo. Estará haciendo justicia histórica, rescatando un estándar de excelencia que ya demostró ser viable en 1982 y enviando un mensaje contundente a todos los jueces del país, que el trabajo íntegro, el mérito y la dedicación desde el banquillo de un tribunal pueden, legítimamente, llevar a un juez de paz a convertirse en el presidente del Poder Judicial.

    ¡Es hora de atreverse! ¡Atreverse por la Familia!



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