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Opinión alquilada


La influencia de intereses económicos y políticos sobre los medios de comunicación distorsiona la información y convierte el periodismo en instrumento de presión. Quienes confunden alcance mediático con poder ilimitado pretenden imponer agendas y condicionar las instituciones a sus intereses particulares.

Lo que aparece en los medios dista mucho de la verdad. Más allá de las estadísticas sobre información falsa que circula en las redes, la estructuración de intereses de toda índole, impulsando el predominio de contenidos íntimamente asociado a ciertas agendas económicas y políticas, distorsiona el mensaje y nos pone a merced de un universo de mentiras.

Resulta que el acceso masivo a las redes sociales le dio cancha al rufianismo revestido de periodismo ansioso de rentabilizar la opinión. Así proliferó el ejército de enganchados al oficio sin el menor sentido de compromiso, que ve en la estructura desde donde se habla o escribe un trampolín hacia un vertiginoso ascenso financiero.

Cuando grupos económicos se apoderaron de la comunicación, muchos pasaron del negocio al intento de control y dominio de la narrativa. De ahí la capacidad de influencia que los hizo creerse todopoderosos y capaces de determinarlo todo en múltiples ámbitos de la vida nacional. Y, en el país, los precedentes de aquellos que se extralimitaron y llenos de arrogancia cruzaron la línea terminaron en quiebra o en procesos legales traumáticos.

Sobrestimados en su dimensión de comunicadores, confunden alcance del medio con credibilidad personal, borrando del recuerdo reciente al exponente por excelencia del ditirambo radial, lleno de talento y formación, pero tristemente conducido por el afán recaudatorio. Sus días terminaron en la tristeza y ruina moral. Justo es mantener presente al audaz comentarista televisivo, entregado a la defensa fanática del Gobierno de sus simpatías y resorte de una movilidad pecuniaria aderezada de estatus diplomáticos, que terminó su paso por la vida entre golpes de pecho y perdón lastimoso. Y todo por aplaudir el instinto de Mercurio.

Alimentando ese endiosamiento, ante una licitación perdida o un proceso que obliga competir, se constituyen en voceros de intereses que reaccionan con rabia y molestia cuando el órgano institucional no accede a genuflexiones históricas ni se presta a servir de eco obediente del amo mal acostumbrado. Entonces apelan a las inventivas y deforman procesos, habilitando el relato del cuco eterno y la categoría de desgracia como resultado de cabildeos legítimos, con el propósito de estremecer al que siempre recuerda sobre la sepultura del temor en el baúl de un carro el 30 de mayo de 1961.

Compitan. Lo otro es más sencillo: buscarse un mequetrefe dispuesto a obedecer las órdenes de los apetitos insaciables.

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