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    Mitos del ayer versus realidades presentes


    El desarrollo infantil puede verse desde la óptica de la neurociencia como un crecimiento anatómico, fisiológico, social y emocional. Algunos evolucionistas entienden que la formación del cerebro humano reproduce las etapas de las especies de donde procede, proceso que denominan ontogenia. Tan arraigado está el concepto que muchos investigadores modernos usan el término neocorteza para referirse a la capa más externa de la masa encefálica. Enseñanzas y costumbres insertadas en la mente desde la infancia tienden a convertirse en hábitos permanentes. De ahí la importancia de la educación en las etapas tempranas de la vida. El niño vive y absorbe las fábulas sin cuestionar si en verdad hablan o no los animales. Una muestra de la persistencia de vestigios embriológicos neuronales es lo fácil que muchos adultos asimilan como buenos y válidos muchos mitos grecorromanos. Grandes realidades presentes comenzaron como sueños en el pasado.

    En la época de efervescencia del mito nacionalista de comienzos del siglo XIX, este trascendió continentes. El heroísmo de Simón Bolívar contribuyó a la creación de cinco naciones: Venezuela, Colombia, Bolivia, Ecuador y Perú. Los Estados Unidos Mexicanos y Centroamericanos siguieron un curso parecido. Recordemos que la primera revuelta antiesclavista victoriosa, que creó el primer Estado independiente en 1804, fue la haitiana. Cada nación tuvo su mentor: Bernardo O’Higgins lo fue en Chile, y José de San Martín en la Argentina.

    Juan Pablo Duarte fundó la Trinitaria para reunir las mentes independentistas que crearían en el año 1844 el nuevo Estado llamado República Dominicana. Nuestra nación fue incorporada a la Corona española en 1861 y restaurada entre los años 1863 y 1865. Durante la lucha restauradora, Duarte regresó al país desde Venezuela, donde había vivido exiliado. Al pisar el suelo patrio emitió la siguiente proclama: “…si después de veinte años de ausencia he vuelto a mi Patria a protestar con las armas en la mano contra la anexión a España, llevada a cabo a despecho del voto nacional por la superchería de ese bando traidor y patricida, no es de esperarse que yo deje de protestar, y conmigo todo buen dominicano, cual protesto y protestaré siempre, no digo tan sólo contra la anexión de mi Patria a los Estados Unidos, sino a cualquiera otra potencia de la tierra, y al mismo tiempo contra cualquier tratado que tienda a menoscabar en lo más mínimo nuestra Independencia Nacional y a cercenar nuestro territorio o cualesquiera de los derechos del Pueblo Dominicano”. Ya antes habría dicho: “Por más desesperada que sea la causa de la patria, siempre será la causa del honor, y siempre estaré dispuesto a honrar su enseña con mi sangre”.

    En el tiempo contemporáneo urgimos del mito para enfrentar una zigzagueante realidad en la que la fuerza pretende avasallar el peso de la razón. Gracias al mito y a la tozuda realidad sabemos que vivimos. La guerra intenta eclipsar la paz. La historia, como notaria del tiempo, nos enseña que a la tormenta le sigue la calma y que el bien termina derrotando al mal. ¿Qué toca ahora? Resistir, ahondar en la fe en el porvenir y seguir luchando por un mundo de amor y de paz.

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