En República Dominicana, la vida en pareja se organiza más desde la convivencia que desde el matrimonio. Las cifras oficiales (ENHOGAR 2022) muestran que la unión consensual es la forma predominante de relación conyugal en el país, (30.3%), mientras el matrimonio —civil o religioso— (15.5%) tiene menor presencia. Para las parejas LGBTIQ+, la situación es aún más restrictiva: el matrimonio está prohibido, la unión consensual es la única opción, independientemente de su estrato social. Estas diferencias revelan que el matrimonio, lejos de ser un acto que refleja la libertad individual y la democracia, está atravesado por normas patriarcales, autoritarias con predominio de la inequidad de género y la discriminación que moldean las decisiones afectivas y los riesgos que enfrentan las mujeres y las personas LGTBIQ+.
Aunque las estadísticas no siempre desagregan por estratos, los estudios etnográficos (Vargas 1998, 2012, 2019) muestran un patrón claro: en los sectores populares urbanos y rurales, la unión consensual es la norma. En estos contextos, convivir es un acto cotidiano que se legitima socialmente sin necesidad de rituales ni documentos. Las precariedades económicas y la informalidad presente en la convivencia social lo favorecen.
En las clases medias y altas, en cambio, el matrimonio civil y religioso funciona como marcador de estatus y respetabilidad. Casarse por la iglesia opera como capital simbólico: legitima la unión ante la comunidad y refuerza la idea de “hacer las cosas bien”. Para las mujeres, la diferencia entre casarse y unirse implica distintos niveles de protección y control. El matrimonio civil otorga derechos legales cruciales, pero también refuerza normas patriarcales que regulan su conducta y roles. En el matrimonio religioso, la presión comunitaria intensifica la vigilancia y puede llevar a “aguantar” situaciones de violencia o desigualdad.
La unión consensual ofrece flexibilidad y menor presión social, pero deja a las mujeres en mayor vulnerabilidad económica y jurídica. La movilidad afectiva frecuente suele traducirse en que ellas quedan a cargo de los hijos y del sostenimiento del hogar. En ambos modelos —matrimonio y unión libre— las mujeres cargan con los roles tradicionales y de cuidado, lo que las coloca en desventaja ante la ruptura. La violencia de género se presenta en todas las modalidades y estratos, aunque es más visible en los sectores pobres.
Si bien, las formas de unión varían según la clase social, la desigualdad de género atraviesa todas las experiencias. Casarse puede ofrecer protección legal, pero también refuerza normas patriarcales; unirse puede parecer más libre, pero expone a mayor inseguridad.
En cualquiera de las dos formas, las mujeres siguen negociando su autonomía en un sistema que distribuye el poder de manera desigual.

