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Es absurdo delegar nuestra capacidad de crear


En otros artículos he advertido sobre los peligros de la inteligencia artificial. Entre ellos hay uno que me resulta especialmente absurdo: haber desarrollado una herramienta extraordinaria y empezar a entregarle, con entusiasmo, nuestra capacidad de crear. Pedirle que escriba lo que sentimos, que imagine lo que deseamos, que encuentre las palabras con las que deberíamos intentar comprender nuestra propia vida.

He leído la advertencia del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Volker Türk, quien reclama una acción urgente para regular los sistemas más avanzados. Su preocupación comprende las amenazas a los derechos humanos y el enorme poder de un reducido grupo de empresas para decidir el rumbo de una tecnología que afecta a toda la humanidad.

Dentro de ese debate hay una pregunta que en la quisiera detenerme: ¿qué estamos dispuestos a dejar de hacer por nosotros mismos?

Durante mucho tiempo imaginamos que las máquinas nos liberarían de trabajos agotadores, peligrosos o repetitivos. Resulta desconcertante que también estemos recurriendo a ellas para delegar actividades en las que encontramos placer, identidad y sentido. Escribir un cuento. Componer una canción. Preparar unas palabras para alguien que amamos. Imaginar algo que todavía no existe.

Crear requiere tiempo. Hay que tolerar una frase torpe, una idea incompleta, una página que no termina de encontrar su forma. En ese recorrido descubrimos qué queremos decir y por qué nos importa decirlo. A veces empezamos a escribir convencidos de algo y terminamos con una duda que necesitábamos reconocer. Ese trabajo interior también tiene valor, aunque no produzca nada publicable.

La inteligencia artificial puede acompañar ese proceso. Puede ayudar a ordenar ideas, explorar alternativas y abrir posibilidades de expresión a personas que encuentran barreras para hacerlo. Su utilidad merece reconocimiento. Precisamente por eso necesitamos criterio para decidir qué le pedimos y qué lugar conservamos en el resultado. Una herramienta puede ampliar nuestra voz, pero también podemos acostumbrarnos a aceptar la voz que nos propone.

Me preocupa que lleguemos a juzgar nuestra imaginación con la medida de su velocidad. Que una niña abandone su cuento porque una aplicación entrega en segundos una historia más elaborada. Que alguien considere inútil aprender a dibujar porque ya puede generar una imagen. Que las primeras dificultades del aprendizaje se conviertan en razones para dejar de intentarlo.

No afirmo que utilizar inteligencia artificial nos quite inevitablemente la creatividad. Me inquieta la facilidad con la que podemos dejar de ejercitarla cuando todo invita a obtener un resultado inmediato. Una sociedad que premia producir más, publicar más y responder más rápido ofrece pocos incentivos para proteger el tiempo incierto de una idea propia.

La advertencia de Türk sobre la concentración de poder también alcanza esta discusión. Cuando unas pocas empresas diseñan las herramientas que median cada vez más nuestra escritura, nuestras búsquedas y nuestras imágenes, conviene preguntarnos qué criterios orientan sus respuestas. Qué perspectivas privilegian. Qué límites incorporan. Cuánto advertimos de esas decisiones cuando recibimos un texto fluido y convincente.

Regular exige atender los daños, establecer responsabilidades y proteger a las personas. También necesitamos una conversación educativa y cultural sobre aquello que queremos seguir aprendiendo y haciendo. La capacidad de formular preguntas, sostener una duda y construir un juicio merece un lugar central en esa conversación.

Escribo esto desde la contradicción de vivir en un tiempo en el que estas herramientas ya forman parte de nuestras posibilidades. Esa contradicción obliga a mantener abierta la pregunta sobre su uso, incluso cuando nos beneficia.

Quiero que la tecnología nos ayude a vivir mejor. Y quiero que sigamos encontrando razones para escribir una frase que tarde, que cueste, que sea imperfecta, pero en la que podamos reconocernos.

Educación



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