Mis amigos ya están casados y muchos son abuelos y abuelas. ¡Así es la vida! Hace más de cincuenta años, mi madre me llevó de la mano al kindergarten. Mientras escribía este artículo, descubrí que esta palabra proviene del alemán y significa «jardín de niños». Sin embargo, lo verdaderamente importante no es su origen, sino lo que representa para mí, el comienzo de una historia que todavía seguimos escribiendo.
Lo que hoy me estremece el pecho es saber que aquellos compañeros con quienes compartí desde el primer grado de primaria continúan unidos por el hilo invisible de una amistad que ha resistido el paso del tiempo. Nuestra promoción se llama Dinamita, un nombre que hoy resuena en el alma con la fuerza de un eco lejano y nos recuerda que fuimos una explosión de juventud, sueños y complicidad que ni siquiera el tiempo, con toda su prisa ha podido apagar.
Llegamos al colegio siendo apenas unos niños, con las manos pequeñas y los ojos llenos de asombro ante un mundo que nos parecía infinito. Con el paso de los días, aquellas aulas se convirtieron en nuestro refugio de risas, travesuras y secretos compartidos. Crecimos, nos volvimos adolescentes inquietos, llenos de sueños y utopías, y casi sin darnos cuenta llegamos al bachillerato. Entonces comenzamos a mirar la vida adulta con un deseo ferviente de independencia y con proyectos que imaginábamos lejanos, como si nunca fueran a llegar.
Hoy, al reencontrarnos, descubrimos que muchos somos profesionales, líderes, profesores, empresarios y políticos, pero, sobre todo, padres y abuelos. Las canas que peinamos y las huellas que los años han dejado en nuestros cuerpos parecen hablarnos con silenciosa sabiduría. Hemos vivido, hemos construido y, de alguna manera, nos hemos convertido en aquello que soñábamos ser. Pero así es la vida, un suspiro en el que los estudiantes de la promoción Dinamita atravesamos el tiempo, dejando nuestra juventud grabada para siempre en los pupitres del ayer.
¡Cómo se me aprieta el corazón al recordar aquellos recreos y las salidas de la escuela! Entonces, la felicidad era sencilla y se podía comprar con unas pocas monedas en cualquier esquina. Éramos benditamente inocentes, ajenos a muchos de los temores que hoy acompañan la vida cotidiana. Nos sentábamos en cualquier lugar, bajo el sol del día caribeño, a disfrutar de unos quipes crujientes o de un buen pedazo de pan de agua relleno de carne sazonada y repollo: aquel inconfundible rikitaki que desbordaba sabor y alegría.
Para calmar la sed y combatir el calor, nada se comparaba con un frío frío, aquel hielo raspado, también llamado yunyún, con sabor a frambuesa, piña, limón o jagua, que nos dejaba la lengua pintada de colores y el rostro iluminado por una sonrisa. Comíamos con las manos todavía impregnadas de tiza y polvo del patio, compartiendo el bocado con el compañero de butaca, sin mayores preocupaciones ni temores. ¡Qué época tan nuestra! La única angustia verdadera era que el timbre de entrada nos arrebatara el último minuto de aquella libertad.
La libertad de la calle contrastaba con la disciplina del aula y el rigor de las marchas escolares que tanto nos marcaron. Aquellos desfiles bajo el ardiente sol caribeño nos enseñaron, sin necesidad de grandes discursos, el valor de la disciplina y el sentido de pertenencia. Espaldas rectas, pasos sincronizados, miradas al frente y movimientos coordinados mientras los profesores vigilaban cada detalle. Quien perdía el ritmo sentía de inmediato el peso de una mirada que lo llamaba al orden.
Los integrantes de Dinamita aprendimos a respetar las reglas marchando hombro con hombro. En medio del calor y el cansancio fuimos cultivando valores que, sin saberlo entonces, nos acompañarían durante toda la vida: compañerismo, responsabilidad, respeto y lealtad.
Hoy me invade una profunda nostalgia cuando me siento en esos patios y contemplo el tiempo pasando delante de mis ojos, esta vez reflejado en la figura de mis hijos. Verlos jugar, crecer y disfrutar de una infancia rodeada de tantos cuidados modernos, geles desinfectantes y precauciones me provoca una sonrisa cargada de ternura. En esos rostros frescos y en sus risas espontáneas vuelvo a encontrar algo de aquel niño que fui: el patio de la escuela, las marchas bajo el sol y los días compartiendo un rikitaki con las manos llenas de polvo.
Cincuenta años después de aquel primer día, miro hacia atrás con los ojos humedecidos y el corazón agradecido. Comprendo que la vida se nos fue en un suspiro, que los años pasaron mucho más rápido de lo que imaginábamos, pero también descubro que hay cosas que el tiempo no puede llevarse.
La mecha de la promoción Dinamita sigue encendida. Ya no somos aquellos niños que corrían por los pasillos del colegio, pero seguimos siendo los mismos amigos, unidos por una historia compartida y por una amistad que ha aprendido a sobrevivir a las distancias, los cambios y los años.
Porque al final, cincuenta años pueden pasar en un suspiro, pero una amistad verdadera puede convertir la línea del tiempo en una eternidad.
