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    Detengamos la violencia


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    Existe una creencia errónea de que las personas con trastornos mentales son más violentas; la evidencia demuestra lo contrario, son más víctimas que perpetradores. Entre un 9-10% de los enfermos mentales graves (depresión, psicosis, toxicomanías) realizan conductas violentas y, si se trata de los delitos violentos más graves, esta prevalencia disminuye al 3-4%. No obstante, ignorar los factores psicológicos en la violencia también sería un error. El verdadero riesgo aparece cuando se combinan estos elementos: vulnerabilidad individual, consumo de sustancias y un entorno social adverso.

    Sabemos que, cuando una enfermedad mental grave se combina con consumo de sustancias psicoactivas, el riesgo de violencia puede aumentar hasta cuatro veces, esto nos habla de que no es un factor aislado, es la acumulación de vulnerabilidades. El alcohol en particular sigue siendo el principal facilitador de la violencia interpersonal, bajo sus efectos se altera el juicio, el control inhibitorio y la percepción del riesgo. Lo que en condiciones normales sería un conflicto manejable, se convierte en agresión, en un acto violento.

    Existen varias motivaciones para cometer actos violentos: poder, control, impulsos incontrolables, distorsión de la realidad, búsqueda de notoriedad, por lo que no todos los crímenes responden a la misma lógica; algunos son impulsivos, instrumentales y psicopatológicos. Por eso, el problema no es solo de seguridad, es también de prevención, comprensión, diagnóstico, tratamiento y acceso.

    Ahora bien, la violencia también se aprende. Un niño que crece en un entorno donde la agresión es la norma, no solo la presencia, la internaliza, es lo que conocemos como “aprendizaje social”. Ese niño aprende que la violencia es una forma válida de resolver conflictos, de imponerse y sobrevivir. Y es aquí donde lo individual se conecta con lo colectivo, factores como: desigualdad, exclusión social, falta de oportunidades y acceso limitado a servicios de salud mental generan lo que conocemos como estrés crónico, este afecta la toma de decisiones, reduce la tolerancia a la frustración y aumenta la probabilidad de respuestas agresivas.

    Cuando hablamos de violencia de género en nuestro país, las cifras son alarmantes: desde 2020 hasta mediados de 2026, el país registró aproximadamente 430,000 casos reportados ante el Ministerio Público y las oficinas estadísticas, y más de 30 feminicidios en lo que va del año. La violencia de género no es un evento aislado, es un proceso que comienza con conductas que muchas veces se normalizan: control, celos, dependencia, violencia psicológica y que progresivamente escala hasta formas más graves. Desde la psiquiatría, esto lo entendemos como “fallas en la regulación emocional y los patrones de relación”.

    Debemos resaltar que más de la mitad de los homicidios en nuestro país provienen de conflictos sociales. Estamos viendo que la violencia que más nos afecta es la impulsiva, que, junto a la baja tolerancia a la frustración y la incapacidad de regular emociones (irritabilidad), son fenómenos que pertenecen al campo de la salud mental.

    Si queremos una sociedad más segura, no debemos sólo reducir la violencia real, tenemos que intervenir tres niveles: lo que la gente vive, siente, y percibe. Y en eso, los medios de comunicación son actores fundamentales, pues, tienen el poder de informar los hechos con precisión, evitando lenguaje alarmista, titulares sensacionalistas. Tienen la responsabilidad de no generar miedo innecesario, evitando la repetición de imágenes violentas, previniendo con esto la desensibilización y trauma indirecto. Una sociedad sobreexpuesta a la violencia termina normalizándola o reaccionando de forma más impulsiva. Además, evitar el morbo, pues cuando la violencia se convierte en espectáculo, pierde su dimensión humana, y lo que se deshumaniza termina tolerándose.

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