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    De la genealogía a la revelación


    Por Miguel Aristy Rodríguez

    Comparación entre el discernimiento de Nelson Marreno y Marianne Tolentino. De ahí la genialidad.

    He leído con gran interés los recientes trabajos de Nelson Marrero y el excelente artículo de Marianne de Tolentino sobre la exposición «Genealogía Visual, Umbrales de la Modernidad», fruto de la investigación curatorial de María Elena Ditrén.

    Los tres coinciden en algo extraordinariamente valioso: reconstruyen la genealogía. Nos muestran cómo se forman las ideas, cómo evolucionan las corrientes artísticas y cómo el pasado sigue actuando en el presente. Gracias a ellos comprendemos mejor de dónde proceden muchas de nuestras expresiones culturales.

    Sin embargo, esa lectura despertó en mí una pregunta.

    ¿Es la genealogía el último peldaño del conocimiento?

    La genealogía explica recorridos, influencias, transformaciones y herencias. Pero toda genealogía sigue siendo una reconstrucción realizada por el pensamiento. Nos acerca al origen histórico de las formas, aunque todavía permanece dentro del campo de la explicación.

    Existe, quizás, otro paso. No el de llegar al origen, porque esa sigue siendo una pretensión del pensamiento, sino el de advertir aquello desde donde el origen revela.

    La diferencia no es un juego de palabras.

    Cuando decimos que el origen se revela, todavía lo convertimos en objeto de una acción. Cuando decimos que el origen revela, el origen deja de ser un objeto buscado para convertirse en aquello que hace posible toda revelación.

    Un espejo refleja todo cuanto aparece delante de él, pero jamás aparece dentro del reflejo. Su función consiste precisamente en revelar sin mostrarse a sí mismo.

    Tal vez ocurra algo semejante con el funcionamiento.

    La fisiología funciona de manera ininterrumpida, pero no se conoce directamente a sí misma. Si así fuera, no existiría el enorme misterio que todavía rodea la percepción, la conciencia, la creatividad o la propia organización de la vida. Conoceríamos en directo cómo funcionamos. En cambio, construimos teorías, modelos y genealogías que intentan explicar aquello que continúa ocurriendo antes de cualquier explicación.

    Por eso, la genealogía posee un valor inmenso, pero quizá no constituya el punto final.

    La historia explica cómo surgieron las obras.

    La genealogía explica cómo se formaron los creadores.

    La neurociencia describe los mecanismos que acompañan la experiencia.

    Pero permanece abierta una pregunta que tal vez merezca convertirse en el próximo desafío intelectual: ¿Qué es aquello que revela antes de toda explicación, antes de toda memoria y antes de toda genealogía?

    Quizá la genialidad no consista únicamente en alcanzar el nivel más alto de una tradición, sino en permanecer lo bastante cerca del funcionamiento para que el origen revele sin convertirse nunca en objeto de conocimiento.

    El derecho a disentir



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