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    Cuando todo es comunismo


    Nadie ha trabajado más por el regreso de aquello que llamamos izquierda que sus enemigos.

    No sus partidos, no sus intelectuales, no sus viejos manuales. Sus enemigos.

    Una parte de la ultraderecha cometió un error elemental: llamó comunismo a todo.

    Comunismo es pedir mejores salarios, hablar de vivienda, defender servicios públicos, cuestionar monopolios, regular gigantes tecnológicos, preguntar quién se beneficia de la inteligencia artificial y, al parecer, que te molesten los abusos.

    Ahí empezó su derrota.

    La palabra dejó de describir una ideología. Se convirtió en insulto, reflejo y alarma.

    Cuando una palabra termina significándolo todo, acaba significando nada.

    Cuando todo es comunismo, el comunismo deja de asustar.

    Cuando toda preocupación social es tratada como sospecha ideológica, aquello que se quería demonizar empieza a parecer menos peligroso que necesario.

    No porque esa tradición política haya ganado, ni porque el siglo XX haya sido reivindicado, ni porque Marx tenga razón, ni porque América Latina pueda borrar sus fracasos.

    No puede.

    Cuba, Venezuela y Nicaragua siguen ahí. Se podrá alegar que hubo bloqueos, sabotajes y presión externa. Pero derrota es derrota. Corrupción es corrupción. Autoritarismo es autoritarismo.

    La historia no entrega medallas por intención.

    Si esa tradición vuelve con los mismos manuales viejos, volverá a fracasar.

    Pero los problemas que le dieron origen nunca se fueron: vivienda, salario, desigualdad y concentración de riqueza.

    Lo que se agotó fue la paciencia para seguir ignorándolos.

    La gente no vive de guerras culturales. Vive de trabajo, alquiler, comida, salud, seguridad y futuro.

    Ningún meme administra una vida.

    Ningún influencer pagado llena una nevera.

    Ninguna cacería de brujas construye una vivienda.

    Y ningún grito contra el comunismo dirá nunca qué hacer con quienes el mercado deja fuera.

    Ese es el techo de la nueva derecha: sabe fabricar enemigos, pero no futuro.

    Ofrece castigo, no salario. Ofrece nostalgia, no vivienda. Ofrece ruido, no poder real.

    La política no puede vivir eternamente de rabia prestada.

    Izquierda y derecha dejaron de ser brújulas; son fósiles verbales que mucha gente usa para señalar la acera donde cree que está el enemigo.

    Pero las preguntas siguen ahí: quién controla la riqueza, quién controla la tecnología, quién controla el futuro.

    Quien no hable ese idioma no entenderá el tiempo que viene.

    No se ganará solo hablando contra el comunismo.

    No basta con hablarle al trabajador que otros abandonaron; hay que trabajar para él.

    Habrá que hablar contra el poder concentrado: vida material, dignidad, salario, vivienda, tecnología y límites.

    No con manuales viejos, excusas viejas ni la costumbre de confundir fracaso con martirio.

    Con otra cosa.

    Con una política obligada a mirar la vida material de frente.

    La derecha creyó que estaba marcando a sus enemigos.

    No entendió que también se estaba marcando a sí misma.

    Llega un momento en que la crueldad deja de parecer firmeza, la persecución deja de parecer valentía y la obsesión con enemigos imaginarios deja de parecer lucidez.

    Aquello no vuelve por virtud propia, sino porque sus adversarios hicieron insoportable su ausencia.

    Se le atribuye a Mark Twain la frase de que la historia no se repite, pero rima.

    Y cuando rima, castiga los excesos.

    Esta vez la rima puede ser cruel: pocas fuerzas políticas han trabajado tanto por el regreso de las preguntas sociales como quienes llevan años convencidos de haberlas derrotado.

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