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    Confesiones de una capitaleña liceísta enamorada de Santiago


    Debo hacer una confesión: me he enamorado de Santiago. Y eso tiene algo de sacrilegio para una capitaleña y liceísta como yo. Porque quienes seguimos a los Tigres del Licey sabemos que la rivalidad con las Águilas Cibaeñas forma parte de nuestro ADN beisbolero. Sin embargo, después de mis más recientes visitas a la Ciudad Corazón, debo admitir que Santiago ha logrado conquistar algo más difícil que una victoria en el terreno de juego: mi admiración.

    Y es que durante años fue una ciudad reconocida por su limpieza y organización, especialmente en gobiernos y alcaldías del Partido de la Liberación Dominicana (PLD). Sin embargo, hoy luce más dinámica, moderna y vibrante que nunca.

    La semana pasada viajé a Santiago para cubrir el Consejo de Gobierno encabezado por el presidente Luis Abinader. Sin embargo, la reflexión que hoy comparto no comenzó en el salón donde se desarrolló el encuentro, sino unas horas antes, durante una visita a Arroyo Gurabo.

    Fue ahí donde realmente se selló mi enamoramiento con Santiago. Mientras recorría Arroyo Gurabo me costaba creer que aquel lugar hubiera sido durante años sinónimo de contaminación, desorden y malos olores. Hoy es un espacio limpio, organizado y apto para compartir en familia. Una demostración de cómo la inversión pública puede transformar comunidades.

    Durante el encuentro las autoridades informaron que en los últimos cinco años el Gobierno ha invertido más de RD$110 mil millones en Santiago, la mayor inversión realizada por una administración en la provincia durante un mismo período. Ahí están proyectos como el teleférico, el monorriel, el ya citado Arroyo Gurabo, la ampliación del Jardín Botánico, circunvalación de Navarrete, el proyecto de la carretera del Ámbar y múltiples obras viales.

    Aunque Santiago está lejos de ser una ciudad perfecta, la magnitud de su transformación en los últimos años resulta innegable.

    Pero mientras escuchaba esos datos y observaba el dinamismo de la ciudad, impulsado tanto por la inversión pública como por la privada, me hice una pregunta que todavía no logro sacar de mi cabeza: ¿Qué hace falta para reproducir esquemas similares en otras provincias del país, tomando en cuenta las particularidades de cada territorio?

    Y cuando hablo de dinamismo no me refiero únicamente a las obras. Hablo también de la inversión privada, los nuevos hoteles, la actividad cultural y una ciudad que transmite la sensación de estar en movimiento.

    Una de las fortalezas de Santiago ha sido precisamente la articulación histórica entre los sectores público y privado, una visión compartida de ciudad que ha trascendido gobiernos y colores políticos gracias a espacios como el Consejo para el Desarrollo Estratégico.

    Santiago demuestra que cuando existe planificación, inversión y continuidad, las ciudades pueden transformarse. Pero entonces surge otra pregunta inevitable: ¿Por qué ese mismo impulso no se percibe con igual intensidad en muchas otras provincias?

    Durante demasiado tiempo hemos asumido, de manera errónea, que el desarrollo del país debe concentrarse principalmente en Santo Domingo, como si el progreso nacional dependiera exclusivamente de lo que ocurra en la capital.

    Por eso uno de los aspectos que más valoré de la gestión de Pavel Isa Contreras al frente del entonces Ministerio de Economía fue su énfasis en la planificación territorial. Aquella visión partía de una idea sencilla pero poderosa: cada provincia tiene potencialidades, desafíos y vocaciones productivas distintas que deben ser tomadas en cuenta al momento de diseñar políticas públicas.

    Pienso especialmente en la frontera. Recientemente tuve la oportunidad de conocer, junto a un grupo de directores de medios y líderes de opinión, el plan “Frontera Fuerte”, impulsado por el presidente Abinader junto al ministro de Defensa, teniente general Carlos Antonio Fernández Onofre, que combina protección territorial, infraestructura y desarrollo.

    Precisamente ahí está la gran lección. Tanto el modelo de desarrollo que ha impulsado la transformación de Santiago como la visión integral que plantea Frontera Fuerte deberían inspirar iniciativas similares en otras regiones del país.

    Porque la República Dominicana es mucho más que Santo Domingo y se construye en cada rincón donde hay ciudadanos trabajando por un mejor futuro.

    Ojalá que los avances de Santiago sirvan para abrir una conversación nacional sobre el desarrollo territorial. Porque el verdadero éxito no será tener una ciudad modelo, sino construir un país donde las oportunidades no dependan del código postal.

    Quizás por eso terminé enamorándome de Santiago. No solo por lo que ha logrado, sino por lo que demuestra que otras provincias también pueden lograr.

    Santiago me recordó algo que a veces olvidamos desde Santo Domingo: la capital no es el país.

    Y mientras más pronto lo entendamos, más cerca estaremos de la República Dominicana que merecemos.

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