Durante años ser influencer fue presentado como uno de los trabajos soñados de la era digital: viajar, recibir productos gratis, ganar dinero haciendo videos y convertir la vida cotidiana en contenido. Sin embargo, algo parece estar cambiando.
El cansancio hacia este tipo de figuras comienza a manifestarse incluso fuera de las redes sociales. Un ejemplo ocurrió cuando una tienda colocó un letrero de “No influencers”, luego de que su propietario se cansara de personas que entraban grabando con sus teléfonos, utilizaban el establecimiento como escenario para crear contenido y posteriormente se marchaban sin comprar ni interactuar con quienes trabajaban allí.
De personas cercanas a grandes negocios
Una de las razones que explicaría este desgaste está relacionada con la transformación de la propia industria.
Los primeros creadores digitales conquistaron seguidores porque parecían personas comunes recomendando productos que realmente utilizaban. Esa cercanía generó una confianza diferente a la publicidad tradicional protagonizada por celebridades.
Pero las empresas descubrieron rápidamente el enorme poder comercial de esas recomendaciones. Los productos promocionados comenzaron a aumentar considerablemente sus ventas y las marcas empezaron a pagar directamente por aparecer en los contenidos.
Con el tiempo, aquella relación aparentemente espontánea comenzó a confundirse con publicidad. Un creador podía presentar un producto como su nuevo favorito mientras mostraba viajes, viviendas, vehículos y artículos de lujo financiados, directa o indirectamente, por el éxito conseguido en las plataformas.
Para parte de la audiencia comenzó entonces una pregunta incómoda: ¿dónde termina la vida real del influencer y dónde comienza el anuncio?
La pérdida de credibilidad
Diversas polémicas también han contribuido al desgaste.
Casos de promociones cuestionadas, estilos de vida que posteriormente resultaron diferentes a lo mostrado en internet y controversias personales provocaron que algunos seguidores comenzaran a observar con mayor desconfianza las recomendaciones de sus creadores favoritos.
Incluso surgió prácticamente un nuevo género en internet: videos dedicados a mostrar influencers grabando coreografías, colocando luces y trípodes en lugares públicos o realizando múltiples tomas mientras otras personas simplemente intentan continuar con sus actividades cotidianas.
El rechazo ha llegado al punto de que algunos creadores prefieren evitar la palabra “influencer” y se presentan como creadores de contenido, artistas digitales, divulgadores, emprendedores o streamers.
Pero los influencers no están desapareciendo
A pesar de esta creciente fatiga, hablar del final de los influencers sería exagerado.
La industria continúa moviendo dinero, las empresas siguen utilizando creadores para promocionar productos y las redes sociales continúan produciendo nuevas figuras capaces de alcanzar millones de personas.
Lo que podría estar cambiando es el tipo de influencer que logra mantener la atención del público.
Los creadores que aportan conocimiento, entretenimiento, habilidades o experiencias concretas parecen tener una propuesta distinta al simple hecho de mostrar su rutina. Médicos divulgando información, cocineros enseñando recetas, profesores explicando idiomas, comediantes, especialistas y personas documentando proyectos son ejemplos de contenidos que ofrecen una razón adicional para seguirlos.
La atención del público tiene la última palabra
El fenómeno también deja una reflexión sobre el funcionamiento de las propias redes sociales.
Cada comentario, reproducción o interacción puede ayudar a que un contenido continúe circulando, incluso cuando esa interacción sea para criticarlo.
Por eso quizás no estamos presenciando el final de los influencers, sino una transformación.
La época en que bastaba con mostrar compras, viajes, productos recibidos y una vida aparentemente perfecta podría estar perdiendo fuerza frente a una audiencia que exige mayor autenticidad y, sobre todo, una razón para dedicarle su tiempo.
Después de años siguiendo vidas ajenas desde una pantalla, la pregunta comienza a cambiar: ¿qué me aporta realmente seguir a esta persona?


