La iniciativa de la alcaldesa del Distrito Nacional, Carolina Mejía, de cambiar botellas plásticas por útiles escolares es loable. Es una forma inteligente de incentivar la participación ciudadana, ayudar a las familias y, al mismo tiempo, retirar del entorno millones de envases que de otra manera podrían terminar en las calles, las cañadas, los ríos o el mar.
Porque la iniciativa es buena, nos atrevemos a plantear esta pregunta: ¿Podemos ir más allá de recoger el plástico que ya hemos producido y consumido?
Las cifras son preocupantes. En la reciente jornada se recogieron 16.5 millones de botellas. Son millones de residuos que dejaron de circular por nuestro entorno. Sin embargo, la misma cifra revela la magnitud de un problema que no podemos resolver indefinidamente mediante campañas de recolección.
El río Ozama figura entre los grandes emisores de residuos plásticos hacia el Caribe. Nuestro país conoce bien las consecuencias de una mala gestión de los residuos. Cuando llegan las lluvias, las cañadas y los ríos arrastran botellas, fundas, foam y otros desperdicios. Estos residuos obstruyen el drenaje y dificultan el libre curso de las aguas, contribuyendo a agravar las inundaciones.
Lo que no queda atrapado en nuestras calles o ríos termina muchas veces en el mar. Allí el plástico no desaparece. Se fragmenta en partículas cada vez más pequeñas, hasta convertirse en microplásticos que permanecen en el ambiente y entran en los ecosistemas.
Por eso, recoger plástico es necesario, pero evitar que se convierta en residuo es más importante. La industria del plástico debe repensar su producción ante el deterioro ambiental. El problema no termina cuando una botella sale de nuestras manos.
El desafío de las autoridades debe ser avanzar hacia políticas públicas que reduzcan progresivamente los plásticos de un solo uso, promuevan alternativas sostenibles y hagan efectiva la responsabilidad de quienes producen, importan y comercializan estos productos.
Existe otro espacio donde debemos poner especial atención: la escuela. Si estamos entregando útiles escolares a nuestros niños a cambio de botellas, aprovechemos la oportunidad para enseñarles algo más importante: que el mejor residuo es aquel que no producimos; que una botella no desaparece cuando la arrojamos al suelo; y que nuestros ríos, cañadas, costas y mares forman parte de un mismo ecosistema.
La educación ambiental no puede limitarse a jornadas ocasionales. Debe formar parte de la educación cotidiana, para que nuestros niños crezcan comprendiendo que consumir también implica responsabilidad sobre lo que dejamos atrás.
Ese aprendizaje debe llegar también a las zonas rurales. Da pena el contraste entre el verdor de los bosques y riberas de los ríos y el blanco de un vaso de foam o una funda plástica abandonada. No solo afean el paisaje. También contaminan. Esos plásticos tardan entre 400 y 500 años en degradarse.
El esfuerzo de la Alcaldía del Distrito Nacional no impide pedir más. Al contrario, una iniciativa exitosa como esta puede ser el punto de partida de una política ambiciosa.
También productores, importadores, comercios y consumidores deben asumir su parte. No basta con recoger después lo que pudo evitarse antes. Reducir y reutilizar deben convertirse en prácticas cotidianas.
Que llegue el día en que no tengamos que recoger millones de botellas para entregar útiles escolares.
Que llegue el día en que nuestros niños aprendan, desde las aulas, a no convertirlas en basura.
