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El culto al dinero


El dinero compra mucho, pero no alcanza para volver decente cualquier fortuna. La sociedad dominicana haría bien en recordar que los excesos no prosperan solos ni encuentran siempre sus cómplices en el mismo lugar. Señalar a unos y absolver a otros también forma parte del problema.

Pensar que el dinero es todo conduce a hacer todo por dinero. Y las aspiraciones legítimas de movilidad económica no pueden confundirse con la alocada carrera de romper con las reglas esenciales en procura de la acumulación financiera. Resulta trágico medir la noción del éxito por los montos acumulados o el desmedido afán de exhibir hábitos opulentos.

La sociedad dominicana anda promoviendo modelos de conducta que acarician resultados financieros sin detenerse en las vías para alcanzarlos. Me desagradan las generalizaciones, sin embargo, es seguro convenir en que los parámetros del triunfo y progreso deben reorientarse y levantar referencias decorosas surgidas del barrio, callejón, paraje, municipio y exhibir al que, como resultado del estudio, el talento deportivo, la rectitud, el apego a valores familiares y la orientación religiosa avanza colocándose como fuente de inspiración para el resto de los ciudadanos.

En todos los ámbitos de la vida, el dinero quiere imponerse sobre los verdaderos atributos. Afortunadamente, hay cosas que el dinero no puede comprar. Sin hacer exclusiva la cuota de responsabilidad, múltiples factores han ido caracterizando el afán en la desquiciada carrera del enriquecimiento, pero la arena pública parece conjugar el mayor nivel de sed en alcanzar los alarmantes niveles de poder económico que hoy observamos. Inclusive, capitales originados en el presupuesto nacional han despertado legítimo recelo en franjas privadas que resienten con poco disimulo sus otrora auxiliados, convertidos en potentados de la noche a la mañana.

Un país tiene que establecer los criterios básicos de decente acumulación y renunciar al aplauso complaciente de la aviesa regla de que solamente el dinero manda. Ahí está el verdadero desafío de su clase dirigente: abandonar la comodidad de atribuir todos los excesos a los actores públicos, como si del lado privado sólo hubiera espectadores, como si la complicidad en esos excesos no pudiera también convertirse en beneficio. Una responsabilidad de todos, enfatizada en un sector; ahí radica la miopía.

Volver a los valores cívicos, educar desde el hogar, promover el debate de ideas y la preparación como esencia del respeto y la validación electoral, todo eso está pendiente en la agenda de restauración de la decencia. ¡No podemos esperar más tiempo!

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