A mediados de agosto de 1955, hace siete decenios, el dictador Rafael L. Trujillo ofreció en el Palacio Nacional un almuerzo al general Anselmo Paulino Álvarez, un campesino que de chofer de camiones que transportaba víveres desde los campos de Montecristi hasta los mercados de la capital. Se había convertido de hecho en el número dos del país.
Anselmo tenía control absoluto de los negocios del tirano, de todas las empresas del Estado y de los periódicos El Caribe y La Nación, de tendencia gubernamental. Sus largos y poderosos brazos llegaban hasta la seguridad y las Fuerzas Armadas. Exhibía más poder que los familiares del dictador, incluyendo su hijo Ramfis. A su “reinado”, de aproximadamente más de cinco años, se le conocía como “el anselmato”.
Regularmente Trujillo ofrecía almuerzos a sus funcionarios donde pasaba revista a sus negocios, la política, la seguridad. Pero esta vez había invitado a Paulino para un auscultamiento especial. Cada palabra, cada gesto, cada respuesta, cada pregunta del eficiente Paulino, los pasaba por un cedazo de arena fina.
Al final del almuerzo, que terminó sin señales de enfado, el dictador tenía una decisión tomada. Anselmo, probablemente el hombre más odiado y rechazado por los familiares y funcionarios, se mantuvo hasta que apareció Jhonny Abbes García, quien se convirtió en el temible director del Servicio de Inteligencia Militar (SIM).
Concluida la comida, Trujillo lo despidió con un abrazo que delataba el cariño casi personal que Paulino había percibido desde muchos años atrás. El otrora hombre fuerte se dirigió a su oficina en el ingenio Haina, a hacer y responder llamadas telefónicas, a despachar asuntos de rutina y a ejecutar las últimas disposiciones del Jefe. Durante una hora tenía inventariada la documentación bajo su responsabilidad.
A una intervención de su asistente, que había entrado a su despacho, Anselmo le preguntó: “¿Qué tú quieres? Con voz cansada, el subalterno respondió: -¿Es que usted no sabe nada de los sirenazos de La Nación (el periódico) y de lo que están diciendo por la radio y por el canal 4 de La Voz Dominicana? ¿No lo han llamado? -No… no se nada – respondió: ¿Qué pasa? Preguntó -Y el asistente respondió -¡Lo acaban de cancelar! ¿De dónde… de aquí? -La respuesta del empleado fue: “De todos los cargos, hasta el grado de general”. La reacción de Anselmo fue: “Eso no puede ser… Yo acabo de comer con el Jefe y estoy aquí despachando sus asuntos”. Acto seguido tomó el teléfono y llamó al Palacio Nacional, probablemente al doctor Joaquín Balaguer, con quien mantenía excelentes relaciones. Le dijeron que Balaguer no estaba. Entonces le comunicaron con un asistente del dictador, que ante su insistencia sobre su despido le respondió:
“Sí… sí… todo es enteramente cierto”. Anselmo continuó insistiendo en que le comunicaran con el Jefe y le fue imposible establecer contacto en Palacio. Mientras Paulino trataba de hablar con el dictador y de obtener respuesta detallada, se iniciaba un proceso de investigación que lo llevaría a juicio, a la condena y a la cárcel. Luego sería excarcelado.
“Esa comida con el Jefe estaba tan buena que terminó cayéndome mal”, solía expresar Anselmo en tono de chiste.
Cuando le tocó salir del país, en franca desgracia con el régimen, Anselmo se radicó en Suiza, donde se dedicó a construir una nueva imagen y redefinir su vida. Guardó silencio acerca de lo que sabía. Nunca hizo ruido sobre lo mucho que conocía, salvo una carta que le envió a Trujillo desde la prisión de La Victoria, donde la recordaba al Jefe que él había firmado el Concordato, y, al lado suyo, así como los contratos de compra de los ingenios azucareros a los propietarios norteamericanos.

