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Trump, Putin y Xi Jinping: el tránsito hacia una nueva era


La humanidad se encuentra en tránsito hacia una nueva era, una nueva época, lo que no debe confundirse con el surgimiento de un nuevo orden internacional o con el proceso de declive de una determinada potencia mundial o conjunto de potencias, aunque estén relacionados, pero con alcances históricos distintos.

La nueva era es un concepto histórico, civilizatorio y multidimensional, referido a una transformación profunda de las condiciones en que vive la humanidad, de sus formas de producir, comunicarse, ejercer el poder y comprender el mundo. Se expresa especialmente en cambios simultáneos en los ámbitos siguientes: tecnológico, económico, geopolítico, social y cultural, así como modernizador.

Del mismo modo que la época moderna, el final de Edad Media y la nobleza, estuvo enmarcada por la imprenta, en el siglo XVI, como herramienta de transmisión de la información y el conocimiento, también en este tránsito de la nueva era del siglo XXI, es clave el rol del Internet, las redes sociales y la inteligencia artificial.

Es en ese contexto en que deben estudiarse diversos sucesos y actitudes ocurridos en los últimos años, y hasta en tiempos más recientes. Por ejemplo, el protocolo desplegado por Donald Trump ante Vladimir Putin en Alaska, y luego ante Xi Jinping en Washington puede interpretarse como una cuestión ceremonial. En cierta medida, parece expresar la conciencia de que Estados Unidos ya no ejerce el poder prácticamente unipolar que alcanzó después de la desaparición de la Unión Soviética.

No se trata de afirmar que ese gran país haya dejado de ser una superpotencia – sus capacidades económicas, tecnológicas, financieras y militares siguen siendo muy importantes- sino de reconocer que el mundo se ha vuelto más competitivo y que otros centros de poder, particularmente China, Rusia y la India, así como el mismo Irán, han adquirido una capacidad de influencia que Washington ya no puede ignorar.

Desde esta perspectiva, algunas de las aparentes contradicciones, virajes y actitudes de Trump pueden leerse dentro de una época histórica de transición: la antigua estructura internacional está siendo sustituida por otra en la que el poder se encuentra más distribuido. La recepción personal de Putin en Alaska y, posteriormente, la de Xi Jinping en la base aérea de Andrews son imágenes particularmente elocuentes de esa nueva etapa. El presidente de Estados Unidos, lejos de poder relacionarse con el resto del mundo desde una posición de predominio incuestionable, está llamado a tratar directamente con dirigentes que representan otros grandes centros de poder.

Trump, además, ocupa una posición privilegiada para conocer las transformaciones que se están produciendo. Como presidente de Estados Unidos recibe diariamente información de sus servicios de inteligencia, organismos económicos, militares y diplomáticos, además del asesoramiento de una enorme comunidad estratégica y de los principales centros de pensamiento del país. Por ello, aunque no podamos conocer exactamente su diagnóstico personal, resulta razonable analizar algunas de sus decisiones como respuestas a un mundo que está dejando atrás la unipolaridad de la posguerra fría.

Incluso su aspiración al Premio Nobel de la Paz, tal como señalamos en nuestro artículo anterior con relación a los orígenes casi todas sus propuestas en lo interno de su país y de la geopolítica, tiene un antecedente dentro de la propia tradición presidencial estadounidense. Theodore Roosevelt recibió el premio en 1906; Jimmy Carter, en 2002; Barack Obama en 2009. Y, fuera de la presidencia, lo ganaron Martin Luther King Jr., en 1964, y Henry Kissinger, en 1973. El presidente Trump conoce perfectamente ese precedente, y ha expresado reiteradamente su deseo de obtener el reconocimiento. Por ello, también en este aspecto puede observarse una continuidad.

La paradoja es que intenta proyectarse como pacificador precisamente mientras reivindica una política de fuerza. Esto recuerda, aunque en circunstancias históricas muy diferentes, el caso del presidente Roosevelt, quien recibió el Nobel por su papel en la negociación que puso fin a la guerra ruso-japonesa.

Precisamente ayer, la Academia Sueca otorgó el Premio Nobel de la Paz a la jurista sudafricana Navarethem (Navi) Pillay, que fue alta comisionada de la Naciones Unidas para los Derechos Humanos (2008-2014) y presidió una comisión de la ONU que investigó la tragedia de Gaza. (Continuará).

Retrato

Diómedes Núñez Polanco



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