Vivimos sumergidos en la cultura del autoengaño. Diría que, nos decimos tantas cosas sobre nosotros mismo, que de tanto repetirlo nuestro cerebro termina por creerlo y aprenderlo. Nos distraen muchas cosas, nos seducen y nos hacen evitar el dolor emocional, el sufrimiento y el malestar; De ahí se sostiene la cultura del autoengaño.
Ser honesto consigo mismo es un tema incómodo, complejo y serio que, a pocas personas les gusta tratarlo. A veces las personas prefieren escapar y buscar culpables, asignar errores, problemas y limitaciones en los demás; pero, jamás sincerarse consigo mismo debido a la incomodidad que representa aceptar verdades, equivocaciones, trampas, defectos, mañas, mentiras o simplemente asumir los cambios de la vida en diferentes direcciones.
¿Por qué cuesta tanto ser honesto consigo mismo, aceptar limites, frustraciones, huir para evitar consecuencias debido a los miedos y temores en tener que afrontar la toma de decisiones?
Ser honesto consigo mismo implica reconocer tus pensamientos, las emociones, lo que necesitas y quieres de la vida; pero también, lo que ya no quieres, lo que estamos dispuesto a dejar ir, soltar y aceptar cambiar. Por eso es incomodo aceptar ser honesto, coherente y transparente, conforme a los valores, principios y dignidad.
En mi trabajo como psiquiatra y psicoterapeuta se necesita dudar, confrontar, estimular y valorar la palabra con honestidad, para reconocer emociones, daños, negligencias, fracaso, miedo, tristeza, dolor, enojo, culpa, odio, remordimiento, vergüenza o errores.
Es decir, el autoengaño entretiene, pospone el duelo, paraliza las emociones y confunde las acciones y turbia los resultados de vida.
En la vida hay que enseñar al cerebro a decir me equivoqué, reconocer los errores, las malas decisiones, la falta de prudencia, valorar consecuencias para prevenir daños a otras personas o a sí mismo.
Aprender aceptar los limites o reconocerlo cuando algo nos supera, cuando no estamos en condiciones de afrontar situaciones que nos van a descompensar, entonces, es trascendental la honestidad consigo mismo.
Además, reconocer cuando se necesita buscar la ayuda. Las personas psico-rígidas o con poca flexibilidad cognitiva tienden a tener sesgo cognitivo, racionalizar o justificar sus acciones y la toma de decisiones de forma absolutista para no aceptar equivocaciones, ni valorar resultados de vida y, mucho menos, aceptar pérdidas, cambios, adaptaciones y nuevos aprendizajes.
Después de la posverdad, del relativismo ético, de la quiebra de la palabra, del maquillaje y el entretenimiento, de la nueva cultura de lo desechable y sustituible. Las personas optan por ser deshonestas consigo mismas, prefieren construir culpables, blindarse de autoengaño, vivir la mitomanía, victimizarse, neurotizar los conflictos y desregularse emocionalmente, antes que ser honesto contigo mismo para avanzar, crecer y madurar en la vida.
Las personas deshonestas consigo mismas, caen en las peores trampas de la vida; pues, pierden la imagen, entran en el autoengaño, eligen la inmadurez, la falta de coherencia y de consistencia; y, peor aún, construir y defender la deshonestidad consigo misma, para vivir un divorcio existencial, un desamparo vital y una infelicidad existencial. Aunque sea incomodo, siempre es mejor ser honesto consigo mismo y aceptar los errores y las equivocaciones.
Las personas inmaduras y psico-rígidas corren el riesgo de desconectarse consigo mismo llegando a no conocerse, a empobrecer el pensamiento crítico y desmontar las creencias limitantes y distorsionadas que, son las que nos impiden fluir en la vida y llegar a ser mejores personas.
Resumen:
Las personas honestas consigo misma, crecen y maduran en sus emociones, conductas y resultado de vida. Los deshonestos consigo mismos entran en la cultura del autoengaño, la desconexión y la infelicidad existencial.
