El arquitecto Pedro Alfonso, quien fuera decano de Arquitectura de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña, me ha invitado a ser parte de un proyecto para llevar las municipalidades a un mayor nivel de integración y funcionalidad, a una eficiente coordinación entre los centros urbanos con las áreas marginales y los entornos rurales.
Como veterano de la sindicatura del Distrito Nacional y familiarizado con la Liga Municipal, Alfonso ha enriquecido mi formación y experiencia académica sobre el tema urbano, introduciéndome en propuestas y estudios que con financiamiento del Gobierno y el aportes de expertos y organismos internacionales durante décadas reposan intactos en archivos de nuestros más importantes ayuntamientos, sin que muchos síndicos actuales tengan siquiera noticia, ni funcionarios curiosos los hayan desempolvado, o siquiera examinado superficialmente con fines de ponerlos en ejecución.
Presenciamos casos realmente espectaculares y dramáticos de desarrollo urbano acelerado, a menudo bestiales, en ocasiones hermosos, principalmente en de nuestra capital.
“Lo urbano” también suele ser vivido y estudiado como como la más seria amenaza que sufren muchos ciudadanos, urbanos y rurales, de nuestro país. No solo el desastre del tránsito, sino también el estruendo, falta de agua potable y drenaje, la basura, los obstáculos materiales de las propias construcciones y sus desperdicios, objetos y vehículos abandonados, estacionados para siempre, y enormes camiones operando en espacios demasiado estrechos para sus aparatosos operativos para empresas distribuidoras de mercancías.
A diario se suman las innovaciones acrobáticas de los motoristas, cuya creatividad es burla y diversión ante la indiferencia e impotencia de uniformados para quienes estos fenómenos no existen, porque su incapacidad para actuar ha llevado a la “absoluta imperceptibilidad”.
Un amigo me explicó que, “si te ocurre un accidente con un motorista, tendrás de por vida un problema legal, un vínculo costoso con dos abogados y un motorista y su familia a quienes deberás mantener por el resto de tu vida”.
Con todo y, sin embargo, me entretengo estudiando uno de mis temas favoritos, el de la sociología y la sicología del espacio urbano, llevando la cuenta, mentalmente, de las nuevas formas de los motoristas de violar la ley y burlarse de los clase media, quienes dependemos de ellos para que nos hagan mandados y nos traigan cosas desde las farmacias y las pizzerías.
Vivamos esas experiencias como Papillón, quien, condenado a morir en celda solitaria en la cárcel de Guyana, se entretenía contando las gotas que caían del techo, y diferenciando ruidos de insectos y de roedores en absoluta oscuridad y silencio.
Similarmente, aprendamos a entender el inconsciente asombro que a posiblemente a muchos les causan las grandes torres empresariales y residenciales. Donde el mensaje de poder estatal y dominación de clase es contundente.
Conozco a muchos que han estado en New York, pero solamente un pariente campesino preguntó, con absoluta incredulidad, si esas edificaciones habían sido construidas por humanos.
Nos suele ocurrir con la TV, con el celular, las redes, la IA. Los utilizamos sin la menor inquietud sobre cómo los hicieron… y a penas detalles de cómo funcionan.
