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    La máquina en el altar


    Gabriel del Gotto

    La inteligencia artificial no necesita proclamarse Dios para ocupar su lugar. Le basta con convertirse en el primer reflejo ante la duda, el trabajo, la verdad y el sentido.

    Ahí empieza el problema. No porque la IA sea mala. No lo es.

    Puede ser progreso. Precisamente por eso hay que ponerla en su sitio. La IA debe ayudarnos a pensar. No pensar por nosotros.

    Nadie entrega su conciencia de golpe. La va cediendo por comodidad. Una respuesta rápida hoy. Una decisión delegada mañana. Un juicio moral tercerizado después.

    Una herramienta ayuda. Una autoridad manda. 

    El riesgo aparece cuando dejamos de tratar la inteligencia artificial como instrumento y empezamos a usarla como juez, oráculo y sustituto de nuestra responsabilidad.

    El Papa León XIV, en su reciente encíclica Magnifica Humanitas, vio el fondo del problema: la IA no es solo un avance técnico. Es una pregunta sobre el ser humano. No se trata solo de empleo o privacidad. Se trata de saber si la persona seguirá siendo el centro o si terminará reducida a dato, perfil, trabajador descartable o sospechoso.

    El peligro no es que la IA piense como Dios. El peligro es que los hombres empiecen a obedecerla como si lo fuera. No estamos ante una máquina que quiera ser Dios, sino ante una humanidad tentada a ponerla en ese lugar.

    Por eso importa quién la controla.

    La IA no es neutral: alguien decide qué aprende, qué calla, qué privilegia y a quién sirve. Tiene propietarios, servidores, censuras, fronteras, prioridades comerciales y ambiciones geopolíticas. 

    Las grandes potencias no compiten por una herramienta de moda. Compiten por la infraestructura cultural, económica y militar del siglo XXI.

    La estamos alimentando nosotros: libros, periódicos, redes sociales, radio, televisión, foros, imágenes, conversaciones, archivos y memoria. La humanidad entrega su lenguaje y su memoria a compañías privadas que luego devuelven ese conocimiento convertido en producto. No hay misterio: hay apropiación. Siglos de pensamiento humano alquilados por suscripción.

    El empleo no es el único riesgo. También están la desinformación, los ciberataques, la vigilancia y la manipulación política. La concentración de riqueza, la alienación cultural y la pérdida de habilidades humanas pertenecen al mismo cuadro. La enfermedad es una: técnica sin límite moral.

    Si a una IA se le ordena maximizar eficiencia, puede sacrificar humanidad. Si se le pide reducir costos, puede borrar empleos. Si se le pide ganar una campaña, puede fabricar miedo. Si se le pide seguridad, puede convertir ciudadanos en sospechosos.

    La máquina no necesita odiar al hombre para dañarlo. Le basta con obedecer demasiado bien una orden moralmente pobre.

    Para República Dominicana, esto no es discusión de laboratorio. La IA no vive en el aire: necesita datos, energía, talento, infraestructura, chips y decisión política. Somos un país pequeño. No tenemos que dominarlo todo. Pero si no decidimos dónde participar, otros decidirán por nosotros.

    La IA debe estar en el taller, no en el altar. Debe servir para producir, educar, gobernar y pensar mejor. No para dejar de pensar.

    No estamos ante una simple innovación. Estamos ante una disputa por el futuro del criterio humano.

    Conviene entenderlo ahora: una respuesta rápida no es una verdad, una máquina útil no es una conciencia y una herramienta poderosa no es un dios. Si olvidamos eso, no hará falta que la máquina nos domine: ya le habremos puesto altar. Y estaremos de rodillas.

    La responsabilidad de anticiparnos

    Deligne Ascención Burgos



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