Ayer lunes, mientras más de dos millones de estudiantes dominicanos regresaron a las aulas para inaugurar el año escolar 2026-2027, vale la pena recordar a las mujeres que entendieron antes que nadie lo que una escuela puede hacer.
Así, les comparto la historia de Ellas.
Petronila Angélica Gómez Brea tenía 39 años cuando sacó el primer número de Fémina, el 15 de julio de 1922, en San Pedro de Macorís. Llevaba siete años en las aulas desde que obtuvo su título en la Escuela Normal de Santo Domingo, en octubre de 1915. Antes, en 1911, ya se había graduado de institutriz normal en esa misma ciudad del este donde residía desde 1908. Maestra primero, periodista después, aunque para ella las dos cosas nunca fueron separadas.
La imagen que quedó de ese proyecto editorial es la de una revista quincenal ilustrada, con portadas sobrias y prosa cuidada. Pero Fémina era, sobre todo, una extensión del aula. Gómez Brea lo dijo sin rodeos cuando volvió a Santo Domingo en 1934 y escribió que regresaba con su revista “de la mano para enseñarla a vibrar”. La publicación era una hija, sí, pero también una alumna. El periodismo como pedagogía: esa fue la apuesta de las pioneras dominicanas de los años veinte.
Y aquí, otra parte de esa historia que no cuentan, ni está en los libros…
La escuela no era un refugio neutral. Era el único territorio donde a las mujeres se les reconocía autoridad pública, y ellas lo sabían. Desde la cátedra de Moral y Enseñanza Cívica, Gómez Brea y sus contemporáneas “iban forjando el porvenir de la patria”, como registró Livia Veloz en 1977. En junio de 1924, Gómez Brea le escribió al director del diario La Prensa, quien también dirigía la Escuela Correccional de San Pedro de Macorís, para ofrecer “su humilde cooperación gratuita” con dos horas de clases interdiarias. Treinta y dos años en total dedicó a las escuelas y entidades formativas de Macorís y Santo Domingo.
Así, para Ercilia Pepín, Rosa Smester, Ana Josefa Puello, Encarnación Suazo: sus tribunas eran las escuelas. Desde allí, la formación normalista, establecida en el país desde 1881, con sedes en Santiago, Puerto Plata, La Vega, San Francisco de Macorís, Santo Domingo y San Pedro de Macorís, con la inspiración de Salomé Ureña, les daba un piso intelectual que pocas otras instituciones les ofrecían. Leían sobre las mártires y “comunicadas” de febrero de 1844. Conocían la figura de la cacica Anacaona, vindicada en la literatura nacionalista como referente feminista originario. Y cultivaban, en paralelo, la devoción a la Virgen de la Altagracia.
Ese era el mapa simbólico desde el que enseñaban: historia, resistencia, fe. No como ornamento, sino como herramientas para que sus alumnas se reconocieran en una tradición de mujeres que habían actuado.
Pero, no todas tenían acceso.
Y, sí, el sistema tenía un límite claro. La formación normalista comenzó con una marca de clase: “Solo recibían instrucción las que eran hijas de padres ricos”, apuntó Veloz. Las niñas de los barrios tejían y bordaban por paga, lavaban ropa ajena, trabajaban en casas de familia. Las de las zonas rurales ni eso: estaban excluidas de cualquier mecanismo de instrucción formal.
Esa exclusión no era invisible para las feministas de Fémina.
En julio de 1933, Acción Feminista Dominicana, segunda entidad política fundada por Abigaíl Mejía Soliere, abrió las Escuelas Nocturnas para Obreras, para incluir a las trabajadoras a quienes el sistema les había negado ese derecho durante décadas.
La escuela, entonces, no era solo el espacio donde se reproducía el orden. Era también el lugar donde se lo discutía.
Y tenían una madre espiritual.
Salomé Ureña de Henríquez lo había planteado con claridad en diciembre de 1888, en el discurso de investidura de sus alumnas en la Escuela Normal de Santo Domingo: las mujeres debían tener un rol activo en la reforma política y social del país. Ese discurso, quizás una de las primeras escrituras dominicanas con una teoría explícita sobre el lugar de la mujer en la sociedad, trazó una línea que Fémina recogió 30 años después.
Es por esa razón que las colaboradoras escribían para que sus lectoras se acercaran al espacio público. El artículo que Arístides García Mella, el mismo director de la Escuela Normal que tituló a Gómez Brea en 1915, publicó en
Fémina hacia 1926, sobre el proceder de los oficinistas gubernamentales, tenía ese propósito: mostrarle a las mujeres cómo funcionaba el Estado, desde adentro.
Para 1920, el panorama había cambiado. Las escuelas comerciales recibían señoritas que querían una profesión. Algunas empezaron a trabajar como mecanógrafas en centros comerciales. El acceso era todavía estrecho, pero la dirección era otra.
Ayer, 24 de agosto de 2026, comenzó el año escolar 2026-2027 en la Escuela Básica Espejo La Milagrosa, en Santo Domingo Este. Más de dos millones de estudiantes volvieron a las aulas. El acto fue protocolar, como corresponde.
Pero la escuela dominicana carga una historia más larga y más tensa que cualquier ceremonia de apertura. La cargaron Petronila Gómez, Ercilia Pepín y Salomé Ureña antes de que hubiera micrófonos y cámaras. La cargaron en tiza, en prensa quincenal, en clases nocturnas para obreras.
Cada año escolar que comienza es, también, una deuda con ellas.

