La historia no contada de cómo el presidente Joaquín Balaguer pudo determinar cuánto oro y cuánta plata contenía una de las barras de la aleación de metales que se extraían de las minas de Cotuí.
Dado que en los negocios no hay confianza y mucho menos cuando se trata de minería, se decidió separar (hurtar, robar) una de las barras de doré de la próxima exportación.
Obtenida la barra de doré se sometió a las pruebas de laboratorio y se determinó cuánto impuesto cobrar por el contenido de metales preciosos enviados a sus “dueños”.
Realmente esos metales debieron y debían ser de los dominicanos para obtener de ellos las riquezas propias de su comercialización como productos terminados y como material en bruto.
Por arte de birlibirloque el doctor Balaguer decidió no arriesgarse y se limitó, y hasta ahora lamentablemente es así, a cobrar un impuesto ridículo, de tres cheles por vender el doré en bruto.
Esa decisión contradijo todo el tiempo las voces que durante años decidimos reclamar la industrialización del oro y la plata dominicanos convertidos en joyas, relojes, brazaletes, cadenas, zarcillos, anillos y toda suerte de creaciones artísticas de las que somos capaces de idear a través de artesanos hábiles e imaginativos.
Un solo dominicano, el doctor Claudio Stephen, abogado y armador, anduvo todos los despachos del Gobierno que podían y debían adoptar la decisión de convertir el doré en oro y plata de buena ley que multiplicaran el valor del producto mediante la industrialización del oro y la plata en lingotes, monedas, joyas de todo tipo.
Claudio produjo varios modelos de productos de oro, como un modo de demostración de algunos de los objetos que se podían comercializar en el mercado local y en el mercado internacional.
Ni en el Gobierno ni en el tímido y poco imaginativo sector privado hubo entusiasmo y decisión para emprender el negoción que es la conversión de materia prima de oro y de plata en productos terminados.
Claudio Stephen no era un Blakaman, el mago vendedor de milagros de Gabriel García Márquez, tampoco nos deslumbró con espejitos y son otros los que continúan llevándose el oro mientras compramos muy caras alhajas fabricadas con materia prima dominicana.
La barra de doré que facilitó determinar cuánto oro y cuánta plata contenía cada lingote fue depositada, entonces, en las bóvedas del Banco Central. Termina la historia.
Bonaparte Gautreaux Piñeyro

