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    Juan Pablo Duarte, a los 150 años de su partida


    Luego de las cartas cruzadas entre Juan Pablo Duarte y Ulises Francisco Espaillat, a mediados de abril de 1864, todo parecía articulado para la inminente partida del Padre de la Patria hacia Venezuela, con la misión diplomática de representar al Gobierno Provisorio de la Restauración, tarea que también se extendía a Nueva Granada (Colombia) y Perú. Pero su decisión al regresar al país, en marzo de 1864, tras veinte años de ausencia, era “entregar a la Patria el resto de vida que me queda”.

    Por ello acariciaba una última razón para permanecer en el territorio. Orlando Inoa lo define: “En su fuero interno no quería resignarse a la realidad de volver a Venezuela con la espada virgen…”. Trataba de que la decisión del Gobierno pudiera ser variada.

    Así, el 26 de abril, escribió al presidente José Antonio (Pepillo) Salcedo, quien tenía su cuartel general en Yamasá. Explicaba a Salcedo las circunstancias de su estadía en el país, con mención del intento divisionista del periódico Diario de la Marina, que se imprimía en La Habana, citado en el artículo anterior. Envió la carta con el coronel Mariano Diez, su tío, a la que agregó lo siguiente: “El portador de la presente es uno de los oficiales que ha venido conmigo de ultramar, el cual no ha querido sino presentarse personalmente a Vuestra Excelencia. Me tomo la libertad de recomendárselo y espero le tratara Vuestra Excelencia con la benevolencia que le es característica”.

    Ese episodio de Duarte en el fragor de la guerra restauradora ha sido comentado y analizado por historiadores y estudiosos. Veamos algunos casos: Eugenio María de Hostos externó el juicio siguiente: “(Cuando supo de la resistencia nacional a la anexión), Duarte no vaciló y se presentó de nuevo en la patria de donde lo había desterrado la ambición. Aquí fue un nuevo sacrificio, aun más doloroso que el de la expatriación. Los hombres nuevos que se habían puesto a la cabeza de los restauradores del orden nacional trastornados por la anexión, temerosos también de que Duarte les hiciera sombra, le hicieron tan dura su generosa participación en los azares de la lucha”.

    Emilio Rodríguez Demorizi, en su artículo “Duarte y la Restauración”, expresa: “Así, empujado por la insidia y lleno el corazón de amargos desazones, pero dejando el altísimo ejemplo de su civismo, tomó Duarte el camino del destierro definitivo…”.

    Alcides Lluberes, intelectual e hijo del historiador nacional José Gabriel García, en su ensayo “Duarte y las Bellas Artes”, observó: “En ambas (cartas dirigidas a Ulises Francisco Espaillat y a José Antonio Salcedo…), Duarte manifiesta su disgusto por la determinación gubernativa de utilizar sus servicios en el exterior en primer término, cuando nuestro gran patricio estaba harto de destierro, de extrañamiento forzoso de la Patria, a la cual había vuelto de un modo tan gallardo, en un viaje costoso y lleno de riesgo (…). En esas epístolas se trasluce igualmente la incertidumbre en que se hallaba Duarte de si habría algún interés en alejarlo del país”.

    Jaime de Jesús Domínguez responsabiliza a Pepillo Salcedo de la decisión tomada: “… ni su pasado histórico ni su viaje (desde Venezuela) con cuatro combatientes ni su precisa pluma de nada sirvieron, porque el presidente del Gobierno Restaurador (…) mantuvo una actitud que de lo mínimo que se podría calificar de calculado desprecio…”.

    Independientemente de las interpretaciones del ese singular episodio, se destaca el hecho de que los compañeros expedicionarios del Padre de la Patria jugaron papeles estelares en el proceso de la revolución restauradora: Manuel Rodríguez Objío, el venezolano Candelario Oquendo, su tío Mariano Diez y su hermano Vicente Celestino.

    Era una decisión definitiva. La orden de ruta, entregada el 30 de mayo (1864) al Padre de la Patria y firmada por Espaillat, ministro de Relaciones Exteriores y encargado de la vice presidencia de la república en Armas, decía: “El general don Juan Pablo Duarte se pondrá en marcha inmediatamente para la vecina República de Haití. Las autoridades del tránsito no le pondrán impedimento, antes bien le prestarán todos los auxilios necesarios principalmente de caballo para que llegue con prontitud al lugar de su destino”.

    Retrato

    Diómedes Núñez Polanco



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