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    Estrategia para el manejo de la corrupción


    Aunque se trata de una tarea difícil, mucho más difícil puede resultar encontrar quienes estén en condiciones de diseñar y manejar dicha estrategia.

    Pero, aparte de toda la vocería sobre la corrupción de que somos capaces, lo primero sería entender que sin la corrupción no podemos siquiera existir, y mucho menos “echar a andar” nuestro país, o siquiera “dejarlo andar”.

    Posiblemente por no entender el fenómeno se nos hace más difícil la tarea, y hasta caer en la estupidez de conformarnos con vociferar contra los corruptos, como si eso fuera eficaz o acaso suficiente.

    El asunto está en parte en nuestra ignorancia de nuestra naturaleza individual, de lo que es el tipo de sociedad en que vivimos y de la enorme incapacidad para siquiera entender las grandes limitaciones que tiene nuestro sistema legal frente a la diversidad de conductas que nuestras evolución social y económica exigen a ciudadanos semianalfabetos y analfabetos funcionales en muchos aspectos.

    De hecho, la corrupción y las inconductas, en general, son la única vía de nuestro funcionamiento.

    De modo que, por lo menos, la corrupción constituye la sinovia milagrosa que permite este perpetuo fluir de nuestra realidad social, como hubiese acaso dicho Heráclito.

    Es necesario entender que, como me dijera Hernán Cárdenas, sin la corrupción y sin el pecado original jamás hubiésemos sido hombres; acaso, ángeles u otra especie más hermosa y digna, pero no lo que somos. Y tampoco necesitaríamos tanto de Dios.

    Pero, sin duda alguna, necesitamos enfoques y códigos más realistas y actualizados para manejar las nuevas gamas de delitos que jamás imaginaron los juristas fundadores de nuestros sistemas legales.

    Los altos niveles de delincuencia, es decir, incluyendo los no reportados ni regulados, abruman no solo a los ciudadanos, sino hasta a las autoridades judiciales y agentes del orden más honestos y mejor preparados; quienes, desconcertados, abrumados y permanentemente insultados por el resto de los “santos de este santuario”, probablemente lo toman como irrespeto, burla o simplemente broma por parte de quienes suelen acusarlos.

    Bastaría un solo ejemplo: La delatada corrupción de agentes que controlan una frontera que miles de dominicanos necesitan que se maneje con “discreción y sentido común”, léase: con una “corrupción sabiamente administrada”.

    Como igualmente todo o casi todo el resto de nuestros sistemas normativos.

    Y, desde luego, todo el sistema o “aparato “político.

    Resulta estúpido, o, perdón, no muy inteligente, estar constantemente exigiendo cumplimiento de reglamentos a organismos, partidos y otras organizaciones del Estado, que la sociedad misma las forma y las apoya; aunque, en gran medida, los reportes indican que gran parte de la sociedad dominicana no cree ni participa en los partidos. Aunque, muy privadamente, suelen procurar favores de esos personajes que tanto critican.

    Dentro de este panorama, acaso conviene la amenaza del desastre: el advenimiento a la política de figuras de dudosa o desconocida capacidad administrativa.

    Gritarles a los que presiden o dirigen el país no es inteligente, porque la capacidad de respuesta no existe de parte de ellos.

    Debemos diseñar un nuevo esquema de gobernanza. Y reconocer la dicha de que la mayoría de nosotros tiene temor de Dios, lo único que sujeta y viabiliza este desorden.

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