Las antorchas se pasan de mano en mano en el Partido Revolucionario Moderno (PRM). Lejos de ser un ejercicio de democracia plena, los sectores a lo interno crearon su plancha de “consenso” para que todos los clanes y castas estuvieran contentos. Pero, ¿Qué sienten las bases cuando ven una Asamblea Nacional de Delegados en la que los cargos se repartieron para que la cúpula quedara conforme?
Lo que sucedió el domingo se sabía de antemano, pero no deja de llamar la atención en un partido que surgió pregonando que sería moderno y distinto. ¿Será que repartirse el poder entre cinco o seis es menos terrible que lo ejerza una sola persona como sucedía en el desvanecido Partido Revolucionario Dominicano (PRD) que abandonaron en manos de Miguel Vargas Maldonado?
Que la secretaría general pasara de las manos de Carolina Mejía a las de su hijo Juan Garrigó Mejía (hermosas fotos familiares, por cierto, las de ese domingo) habla de esos liderazgos familiares que se transmiten de generación en generación a lo interno de los partidos. El expresidente Hipólito Mejía ha sido un buen patriarca: siempre aboga por los suyos.
También lo hacen los líderes que ejercen como funcionarios: si los cambian de lugar, se llevan a sus íntimos y no les importa si los puestos son técnicos o no.
Tal vez sea una buena idea que hablen con sus bases de estos temas. Es triste ver que siguen perpetuando las malas prácticas de nuestra política. Al parecer, aunque cambien las siglas, nunca podremos cambiar el ADN del político local.

