Portada » El odio en la política
Publicado en

El odio en la política


En neurociencia se tiene bien claro que el cerebro no solo escucha lo que piensa, sino que también aprende de lo que repite. Es decir, tomamos las decisiones de acuerdo con nuestras emociones y, luego, las racionalizamos.

El odio es una actitud emocional negativa, junto con el remordimiento, la rabia, el enojo, la ira, la culpa y el resentimiento. Un cerebro dañado se ocupa mucho de estas emociones y, a la vez, se convierte en su prisionero.

La política es una actividad dinámica, de confrontaciones de ideas, de conflictos, desacuerdos, lucha de intereses, frustraciones, pérdidas y ganancias, éxitos y gratificaciones.

El odio en la política llega o se construye de esas experiencias personales estresantes que, suelen acompañarse de prejuicios, chismes, intolerancia, mal manejo de los conflictos, pobre desarrollo educativo, trauma del pasado y la alta tendencia a personalizar las diferencias personales o grupales.

Los resultados del odio en la política generan división, violencia, desafectos, distorsión y disonancia cognitiva.

Un político con inteligencia emocional y social fomenta el debate, respeta las ideas, maneja la tolerancia, el disenso y la crítica; claro, todo depende del ego del político, del tipo de personalidad, de sus rasgos, de sus debilidades y de su falta de tacto y habilidades para adaptarse a los cambios y a los grupos.

El odio es un resultado de los daños emocionales que se van acumulando, de micro-traumas no resueltos que se adueñan del pensamiento y distorsionan la percepción de la realidad, se “actúa en automático” distorsionando el pensamiento crítico, la proporcionalidad, las consecuencias y riesgos, para actuar de forma impulsiva o de forma maquiavélica, teniendo como resultado el daño al entorno y dañándose así mismo.

Refiere Julie Diamond, cómo el poder personal mal manejado daña al político, debido a que proviene de su propia personalidad; es decir, de nosotros mismos, es más sólido y estable, tiene que ver con nuestro temperamento y carácter.

Mientras, el poder social depende del exterior, de las circunstancias, del contexto histórico-social, de las normas, valores y jerarquía. El poder, al fin y al cabo, es la capacidad de influenciar y causar efectos en nuestro entorno, termina afirmando Julie.

Sin embargo, una actitud emocional negativa como el odio, ciega, empequeñece, reduce al político en un cazador de grupos o en un constructor de murallas donde separa a todos el que piensa o actúa diferente a él.

Un político con un cerebro conectado y estimulado alcanza la neuroplasticidad cerebral, por tanto, es un político más empático, mejor controlado, más afectivo, con metacognición, más centrado y con diferentes miradas de la sociedad, lo que le permite estar por encima del reduccionismo, el grupismo y de los conflictos de los “ellos contra nosotros” “los nosotros contra ellos”.

El odio siempre ha vivido con los seres humanos, en el poder y en la política; los resultados han sido: crímenes masivos, crueldades, prácticas de terror, persecución, acoso moral y social ante las diferencias.

El cerebro sano de un político genera confianza, tranquilidad, paz, acercamiento, reciprocidad, autocompasión, bondad, altruismo, solidaridad y bienestar.

Se ha demostrado que el odio, la envidia, el ego hiperinflado, el remordimiento y la sed de venganza, terminan dañando al cerebro, le repiten y le refuerzan patrones de comportamiento altamente dañinos y disfuncionales en términos políticos y sociales.

Cerebro



Source link

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *