Décadas atrás, hoy veo el barrio cercano lleno de ruidos y actividades que no me hacen sentido, pero puedo explicarme la existencia de tantos miles de puestos de lotería y puntos de droga, y el bullicio que a otras gentes podría hacerlas salir huyendo.
Gracita nunca estaba desesperada ni sentía miedo, pues no en vano ella era la “catequista”, es decir, la maestra o catedrática del catecismo de la iglesia tradicional de su campo, donde era muy respetada. Se refería, sin embargo, a un enemigo del que a menudo ni siquiera la sabiduría de su iglesia podía librarla.
El propio Pablo tampoco podía librarse, y, peor aún, el mismo Dios le dijo que no lo iba a librar.
Dios tenía razones, y una era que, a menudo, muchos de los que una vez salen de la pobreza y de las iniquidades del mundo, una vez librados, le
Y otra razón, mucho más interesante, es que Dios sabe que tanto Pablo como el propio Hacedor necesitan, como todos y cada uno de nosotros, de esos conflictos —o sea, del Yin y el Yang, o de la dialéctica hegeliana— para mantener el ritmo de la existencia y no salirnos del eterno fluir y devenir del universo, como explicaba Heráclito.
Pero acaso lo más asombroso para los que creemos que alguien está al mando y control de todo esto es que el propio Hacedor “lo necesita”, como también acaso utiliza, a muchos maleantes, políticos y farsantes conocidos.
Y en esta terrible lucha, a menudo le es necesario su habilidoso y engañoso entrenador, simulador y azotador: Satanás.
Por ello le responde a Pablo que en ese conflicto “se perfecciona su poder”.
Lo cual parecería, dicho con todo respeto, que en Dios existe la necesidad de completar y perfeccionar el Amor Universal; de domeñar la imperfección de las cosas que él mismo controla y que necesita o desea perfeccionar.
Dentro de las cuales estás tú, y estoy yo… y este maldito desorden que padece la humanidad.

