El dólar estadounidense suele ser reconocido como la principal moneda de reserva del mundo, pero su importancia trasciende ampliamente sus funciones económicas como medio de intercambio y reserva de valor. Durante más de siete décadas, el dólar ha sido uno de los pilares fundamentales de la influencia global de Estados Unidos, al proporcionar a Washington ventajas financieras, diplomáticas y estratégicas que ningún otro país ha logrado igualar. Aunque el poder militar y las alianzas políticas siguen siendo componentes esenciales de la política exterior estadounidense, el sistema monetario internacional también se ha convertido en un escenario desde el cual Estados Unidos proyecta poder, influye en el comportamiento de otros Estados y protege sus intereses nacionales. La utilización generalizada del dólar en el comercio internacional, las finanzas y los mercados energéticos ha dado origen a una forma de poder estructural que permite a Washington ejercer una influencia considerable sin recurrir al uso directo de la fuerza, convirtiendo el predominio monetario en uno de los rasgos distintivos de la geopolítica contemporánea.
Los orígenes de este orden monetario pueden rastrearse hasta el colapso del sistema de Bretton Woods en 1971, cuando el presidente Richard Nixon suspendió la convertibilidad del dólar en oro y puso fin, en la práctica, al régimen de tipos de cambio fijos que había caracterizado la economía internacional de la posguerra. En aquel momento, numerosos analistas pronosticaron que la eliminación del respaldo en oro provocaría una pérdida de confianza en la moneda estadounidense y aceleraría su declive como principal activo de reserva internacional. Sin embargo, esas previsiones no se materializaron. La confianza en el dólar descansaba sobre fundamentos mucho más sólidos que su vínculo con el oro: el tamaño de la economía estadounidense, la profundidad y la liquidez de sus mercados financieros, la fortaleza de sus instituciones y el peso geopolítico de Estados Unidos permitieron que la moneda conservara su posición dominante incluso después de convertirse en una moneda fiduciaria.
Esa posición privilegiada se consolidó aún más durante la década de 1970 gracias al fortalecimiento de la alianza estratégica entre Estados Unidos y Arabia Saudita, una relación que contribuyó a preservar el papel central del dólar en el comercio internacional de petróleo. Aunque diversos historiadores, entre ellos David Spiro, cuestionan la existencia de un acuerdo formal que obligara a realizar todas las transacciones petroleras exclusivamente en dólares, existe un amplio consenso en que la estrecha cooperación política y militar entre Washington y Riad favoreció la permanencia del dólar como principal moneda de facturación en los mercados energéticos. Dado que el petróleo continuaba siendo la materia prima más importante para la economía mundial, los países mantuvieron elevadas reservas de dólares para financiar sus importaciones de energía, fortaleciendo simultáneamente la demanda de bonos del Tesoro estadounidense e integrando aún más al dólar en el funcionamiento cotidiano del sistema financiero internacional. Se configuró así un círculo virtuoso en el que la fortaleza de los mercados financieros estadounidenses, el liderazgo militar de Estados Unidos y la estabilidad del mercado energético quedaron estrechamente vinculados.
La economista política británica Susan Strange describió este fenómeno mediante el concepto de poder estructural, al sostener que la mayor influencia en la política internacional no proviene necesariamente de la coerción directa, sino de la capacidad para establecer las reglas dentro de las cuales los demás actores deben desenvolverse. En el caso del dólar, gobiernos, bancos comerciales, empresas multinacionales e inversionistas institucionales dependen del acceso a la liquidez denominada en esa moneda porque la arquitectura financiera internacional se ha construido alrededor de los mercados estadounidenses. Esta dependencia no requiere presiones políticas explícitas, ya que los incentivos creados por el propio sistema llevan naturalmente a sus participantes a utilizar el dólar, reforzando así la posición privilegiada de Estados Unidos dentro del orden monetario internacional.
Con el paso del tiempo, esa influencia monetaria ha evolucionado hasta convertirse en uno de los principales instrumentos de la política exterior estadounidense. Joseph Nye sostenía que el poder económico complementa al poder militar y diplomático porque permite moldear el comportamiento de otros Estados mediante incentivos y restricciones financieras, en lugar de recurrir exclusivamente a la coerción militar. Estados Unidos disfruta de una ventaja excepcional en este ámbito porque una parte sustancial de las transacciones financieras internacionales termina pasando, de una forma u otra, por instituciones conectadas con el sistema bancario estadounidense. Esta posición permite a Washington imponer sanciones financieras, restringir el acceso a los mercados internacionales de capital, congelar activos y aislar a determinados gobiernos del sistema financiero global con una eficacia pocas veces vista en la historia contemporánea.
La evolución del régimen de sanciones financieras ilustra con claridad cómo el sistema monetario internacional se ha transformado en un instrumento de competencia geopolítica. La exclusión de Irán del sistema de mensajería financiera SWIFT en 2012 redujo considerablemente su capacidad para participar en el comercio internacional, mientras que las restricciones impuestas a importantes entidades bancarias rusas tras la invasión de Ucrania en 2022 demostraron el enorme alcance del poder financiero occidental. Aunque SWIFT tiene su sede legal en Bélgica y funciona como una cooperativa internacional, su estrecha integración con un sistema financiero dominado por el dólar ha permitido que Estados Unidos y sus aliados conviertan el acceso a las redes financieras globales en una poderosa herramienta de política exterior. Juan Zarate sostiene que esta evolución ha dado origen a una nueva forma de guerra financiera, en la que el acceso a los sistemas internacionales de pago y a los mercados de capital constituye un activo estratégico comparable, en muchos aspectos, al poder militar convencional.
No resulta sorprendente que el uso cada vez más frecuente de las sanciones financieras haya impulsado a varias potencias a reducir su dependencia del dólar. China ha promovido de manera constante la internacionalización del renminbi mediante acuerdos bilaterales de intercambio de divisas, la expansión del Sistema de Pagos Interbancarios Transfronterizos (CIPS) y diversos proyectos de la Iniciativa de la Franja y la Ruta que facilitan operaciones comerciales denominadas en yuanes. Rusia ha incrementado el uso de la moneda china en el comercio bilateral; India ha experimentado con mecanismos de compensación en rupias, y los países miembros de los BRICS han intensificado las discusiones para desarrollar sistemas de pago alternativos que reduzcan su dependencia de la infraestructura financiera controlada por Occidente. Todas estas iniciativas reflejan el reconocimiento de que depender de una única moneda de reserva puede representar una vulnerabilidad estratégica en un contexto de crecientes tensiones internacionales.
A pesar de estas tendencias, los pronósticos sobre un colapso inminente del predominio del dólar siguen siendo prematuros. La mayor parte de las reservas internacionales de los bancos centrales, de la deuda emitida en los mercados globales, de los préstamos transfronterizos y de las operaciones en el mercado de divisas continúa realizándose en dólares, mientras que ninguna otra moneda ofrece, por ahora, una combinación comparable de liquidez, profundidad financiera, credibilidad institucional y seguridad jurídica. La historia demuestra que las transiciones entre monedas de reserva son procesos prolongados que suelen desarrollarse a lo largo de varias décadas, impulsados por cambios graduales en la fortaleza económica, la estabilidad política y la confianza de los inversionistas, más que por acontecimientos aislados o decisiones coyunturales.
La relación entre la competencia monetaria y las intervenciones militares también merece un análisis cuidadoso, ya que el debate público suele presentar conclusiones que exceden la evidencia histórica disponible. Irak comenzó a vender una parte de su petróleo en euros bajo el programa Petróleo por Alimentos de las Naciones Unidas antes de la invasión encabezada por Estados Unidos en 2003, mientras que Muamar Gadafi promovió la creación de una moneda africana respaldada por oro antes de la intervención de la OTAN en Libia en 2011. Estos hechos están ampliamente documentados; lo que sigue siendo objeto de controversia es su interpretación. La investigación académica predominante no ha encontrado pruebas concluyentes de que esas iniciativas monetarias constituyeran la causa principal de las intervenciones militares. La mayoría de los historiadores identifica factores relacionados con la seguridad internacional, la política regional, las fallas de inteligencia y las consideraciones humanitarias como las explicaciones más sólidas de esos conflictos. Ello no significa que las cuestiones monetarias fueran irrelevantes, sino que formaban parte de un contexto geopolítico mucho más amplio y complejo.
Con todo, el argumento general conserva una notable fuerza analítica porque el estatus de moneda de reserva otorga ventajas geopolíticas extraordinarias. Barry Eichengreen ha descrito la posición internacional del dólar como un «privilegio exorbitante», al permitir que Estados Unidos financie sus déficits a menores costos, emita deuda en su propia moneda y ejerza una influencia sin precedentes sobre los flujos internacionales de capital. Estas ventajas financieras fortalecen simultáneamente las capacidades diplomáticas y militares del país, al tiempo que consolidan la confianza en las instituciones que sostienen el sistema monetario internacional. En la misma línea, Henry Farrell y Abraham Newman sostienen que la creciente utilización de las redes financieras como instrumentos de política exterior ha convertido la interdependencia económica en una nueva fuente de poder geopolítico, aunque también ha incentivado a los países rivales a construir instituciones paralelas que reduzcan su exposición a la influencia estadounidense.
El dólar estadounidense ocupa, por tanto, una posición singular en la intersección entre la economía, las finanzas y la política internacional. No solo constituye la principal moneda de reserva del mundo, sino que representa uno de los instrumentos más eficaces del poder geopolítico de Estados Unidos. Las interpretaciones simplistas que atribuyen cada conflicto internacional a la defensa del dólar no resisten un examen histórico riguroso. Sin embargo, la literatura académica demuestra con claridad que el poder monetario se ha convertido en un componente esencial del ejercicio del poder en el siglo XXI. Que el sistema monetario internacional evolucione gradualmente hacia un orden más multipolar dependerá no solo del ascenso económico de nuevas potencias, sino también de su capacidad para construir instituciones financieras que igualen la credibilidad, la liquidez y la resiliencia que han sostenido la primacía del dólar durante más de medio siglo.
Referencias:
Eichengreen, Barry. Exorbitant Privilege: The Rise and Fall of the Dollar. Oxford University Press, 2011.
Farrell, Henry y Newman, Abraham. Underground Empire: How America Weaponized the World Economy. Henry Holt, 2023.
Nye, Joseph S. The Future of Power. PublicAffairs, 2011.
Spiro, David E. The Hidden Hand of American Hegemony: Petrodollar Recycling and International Markets. Cornell University Press, 1999.
Strange, Susan. States and Markets. Pinter Publishers, 1988.
Zarate, Juan C. Treasury’s War: The Unleashing of a New Era of Financial Warfare. PublicAffairs, 2013.

