Por una feliz casualidad, me encontré en el Archivo General de la Nación con un libro amarillento, descansando en el frío recóndito del olvido, titulado Juan Pablo Duarte y la Venezuela de su época, de los autores Roberto Marte y Luis Cordero Velásquez, quienes en 1985 viajaron a la nación hermana para investigar la vida del patricio.
La obra, de 165 páginas, busca desentrañar la nebulosa histórica que rodeó la vida del Padre de la Patria durante su segundo exilio —iniciado en 1844—, sobre todo durante su permanencia en los llanos de Apure.
En esta investigación, editada en 1987 bajo los auspicios del Banco Central, Marte y Cordero Velásquez no solo describen el ambiente que se vivía en Venezuela durante la estadía de la familia Duarte en esa nación, sino también los esfuerzos que han realizado los historiadores dominicanos por descubrir los puntos oscuros de ese período histórico; una tarea que se ha tornado difícil debido a la falta de documentación.
Los investigadores explican que «en los archivos nacionales y estatales venezolanos no existen documentos directos sobre los años aludidos de la vida del libertador dominicano, salvo los que, en prolija variedad, tratan sobre los hombres de su tiempo».
Confieso que por mucho tiempo pensé que el vacío existente se debía a la dejadez de los investigadores y de las autoridades académicas y educativas. Sin embargo, luego de leer la obra, entiendo que los esfuerzos han sido arduos y persistentes a lo largo del tiempo.
Bajo esa creencia, me había planteado el objetivo de comenzar a tantear la posibilidad de emprender una investigación para seguir los pasos del insigne patricio en su peregrinaje por las tierras llaneras. Esta idea me arde en las sienes desde mucho antes de que el señor presidente Luis Rodolfo Abinader Corona depositara en mí la confianza de designarme cónsul general de la República en Venezuela.
Ese mismo propósito tenían los señores Marte y Cordero Velásquez cuando chocaron con la dura realidad del vacío documental. Sin embargo, no se dejaron vencer por ese gran obstáculo y concibieron una obra magnífica, que guía al lector sobre una realidad que la mayoría del pueblo dominicano desconoce.
Sobre esta situación, relatan los investigadores:
«La misión que nos fue encomendada consistió en investigar sobre el vacío documental existente acerca de la vida del Prócer en los Llanos Meridionales de Venezuela, ya que de antemano se sabía que de su probable presencia en San Carlos de Río Negro ninguna huella lograríamos rescatar, porque dicha labor —desdichadamente sin frutos— ya había sido realizada por un insigne dominicano residente en Venezuela desde 1956, don Juan Jiménez de la Rosa, conforme lo explica en un informe remitido al Instituto Duartiano: «Vimos transcurrir 18 días en Río Negro y las comarcas cercanas sin observar la más tenue, la más débil huella del Padre de la Patria en el área objeto de nuestro estudio». Jiménez refiere que en el caserío de San Carlos nadie recuerda nada sobre Duarte, ni el más anciano de los que allí vivían; pero más lamentable aún es que «no hay libros, registros, periódicos. No hay recuerdos… no hay casas ni cosas muy viejas»».
En lo adelante, los autores nos transportan por el túnel del tiempo, llevándonos a la Venezuela de 1840 a 1870, al mundo rural del estado Apure y su entorno.
La obra describe cómo era la vida social, religiosa y económica de la época en la que Duarte se internó por esos predios. Para ello, los investigadores escudriñaron en archivos parroquiales, históricos y municipales, así como en las colecciones de periódicos y revistas de la época.
