Podríamos definir el subdesarrollo como lo que no marca el paso junto al crecimiento social, individual o espiritual. Destacados autores lo han caracterizado como “la coetaneidad de lo no coetáneo”. El tema abarca también transiciones, tensiones y conflictos entre lo que cambió, cambia y se resiste al cambio; entre lo que se fue y lo que quedó, lo que va adelante, avanzando o muriendo en el camino.
Se trata también de la aceleración, la diversificación y de la cobertura del cambio.
Interesantemente, pareciera que en estos tiempos muchos de los que fuimos promotores del cambio, ahora estamos un tanto temerosos y rezagados. Aunque también solemos sentimos actualizados por estar algo conectados con la inteligencia artificial. Incluso, tenemos Co Piloto, sumamente cortés y atento, diligente y rápido. Y, mejor, actúa o finge ser mi fiel servidor personal. Con todo, no pensamos en dejar que nos suplante, como puede que haya otros humanos tentados a hacerlo, que ya definitivamente Co Pilot piensa y actúa por ellos.
Suertudamente, muchos hemos venido siendo asistidos y entrenados en cuanto a obediencia, por la mujer y los hijos; paulatinamente sustituidos y anulados. Cariñosamente.
Pero la suplantación de lo viejo, tradicional y del subdesarrollo no solo ha sido un fenómeno de Latinoamérica, como acaso pudieron parecernos las propuestas de aquellos sociólogos del siglo pasado; pues el subdesarrollo y el atraso abundaron siempre en todas las civilizaciones que fueron aventajadas por otras, especialmente por los grandes imperios conquistadores de la antigüedad, aunque nuestro escenario suele compararnos con Norteamérica y otros territorios más desarrollados que nosotros.
Mirando con amplitud de criterio, no somos tan solo aldeanos que seguimos quedándonos atrás, sino otros de los muchos a quienes el desarrollo y la modernización los procesó y los vomitó, como suele verse en zonas oscuras de países desarrollados, como habitadas por zombis; escorias del fracaso económico y social no solo de la drogadicción, sino de cosas que no funcionaron con eficiencia en el soñado y glorificado desarrollo económico y social de dichos países.
El desarrollo capitalista ha avanzado arrastrando y destruyendo; desde “La guerra del opio” hasta nuestros días las grandes potencias generan, junto al “desarrollo”, destrucción y atraso, también hacia adentro.
Ostensiblemente, la lucha por la supervivencia entre las especies, de pueblos, grupos e individuos no se ha detenido ni se ha reducido solamente a los países pobres y sometidos.
Afortunadamente, la lucha del hombre es fundamentalmente espiritual y, básicamente, individual. E independientemente de lo que ocurra a tu lado y de la solidaridad a la que estás obligado, las peleas que tienes que ganar para trascender a mejores estadios existenciales, tienen lugar dentro de ti.
Y a la hora del apagón individual o colectivo, de la guerra que nos destruiría como especie, o acaso del rapto que esperan muchos cristianos, el problema es principalmente individual y de tu exclusiva responsabilidad.
El enemigo suele llamarse también subdesarrollo intelectual, emocional y espiritual. Una especie de fracaso anunciado que crece en áreas específicas de nuestra personalidad, pero del cual podemos salir fortalecidos. ¡Vencedores!
