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Ante los resultados de PISA 2025:¿Qué haremos ahora?


Por Massiel Cohen Camacho

Varias semanas después de la publicación de los resultados de PISA 2025, la discusión no debería detenerse en el descenso de las puntuaciones ni en la posición de cada país. La señal internacional es preocupante: en numerosos sistemas educativos el desempeño se ha estancado o continúa descendiendo, aunque la caída no es idéntica ni universal. Para República Dominicana, la pregunta decisiva es qué haremos con la evidencia recibida.

PISA evalúa a estudiantes de 15 años porque, en muchos países, esa edad coincide con el tramo final de la educación obligatoria y permite observar las competencias acumuladas después de aproximadamente una década de escolarización. En 2025, el dominio principal fue ciencias; lectura y matemáticas se evaluaron como dominios menores. El ciclo incorporó además 

Aprendizaje en el mundo digital, un dominio innovador en el que también participó República Dominicana y que examina la resolución de problemas mediante herramientas computacionales y el aprendizaje autorregulado en entornos digitales.

Ninguna prueba puede abarcar toda la complejidad del aprendizaje ni representar todo lo que la educación brinda. PISA no mide las artes, la creatividad, la convivencia, el desarrollo emocional ni los valores, ni promete hacerlo. Su validez reside en medir rigurosamente competencias específicas para las cuales fue diseñada: la capacidad de utilizar conocimientos y habilidades ante situaciones relevantes.

Las evaluaciones estandarizadas continúan siendo el proxy más robusto, comparable y sistemático disponible para estimar, a gran escala, lo que los estudiantes saben y pueden hacer. PISA utiliza muestras probabilísticas, marcos conceptuales comunes, adaptación lingüística y cultural, pilotaje, controles de calidad y procedimientos psicométricos. Sus resultados no constituyen un juicio definitivo sobre cada estudiante, escuela o país, sino estimaciones poblacionales que permiten identificar patrones, brechas y desafíos.

Compararnos tampoco significa copiar mecánicamente las políticas de los países con mejores resultados. Sus contextos y recursos son distintos. La comparación sirve para reconocer qué es posible, diagnosticar debilidades e innovar desde nuestras propias condiciones. Renunciar a medir no elimina las desigualdades ni mejora el aprendizaje; solo dificulta determinar quiénes están aprendiendo, quiénes quedan atrás y dónde deben concentrarse las intervenciones.

PISA vuelve a mostrar la relación persistente entre el nivel socioeconómico y el desempeño académico. Esa brecha no pertenece exclusivamente a la escuela: refleja desigualdades sociales, territoriales y económicas, así como diferencias en oportunidades, recursos culturales, conectividad, nutrición y entornos seguros. Cerrarla exige la participación del Estado, las familias, las comunidades y el sector productivo, porque la formación de las nuevas generaciones compromete el desarrollo y la competitividad del país.

A esa desigualdad se suma una advertencia nueva: disponer de más recursos tecnológicos no garantiza mejores aprendizajes. Incluso entre estudiantes favorecidos, el uso excesivo o sustitutivo de dispositivos e inteligencia artificial, asociado con más distracción, menos lectura y menor esfuerzo intelectual, se relaciona con resultados inferiores. En cambio, el uso moderado, intencional y acompañado de orientación crítica presenta resultados más favorables. La diferencia no está solamente en acceder a la tecnología, sino en cómo se utiliza.

Estas relaciones deben interpretarse con prudencia. PISA identifica asociaciones, pero corresponde a cada país investigar sus causas y diseñar respuestas pertinentes. Esa es una de las finalidades de la evaluación: ofrecer evidencia comparable que genere nuevas preguntas y oriente decisiones. La educación debe enseñar a utilizar la tecnología para pensar mejor, no para evitar pensar.

Contrario a la percepción generalizada, en República Dominicana no escasean los datos ni la investigación sobre educación. Contamos con Pruebas Nacionales, Evaluaciones Diagnósticas y estudios internacionales como PISA, ICCS y ERCE, además de numerosas investigaciones de distinta escala, alcance y. El problema es que esta producción de evidencia permanece subutilizada. Mi experiencia en investigación educativa muestra que los resultados suelen valorarse y emplearse para formular planes de mejora, pero con frecuencia falta capacidad institucional para analizarlos en profundidad y convertirlos en intervenciones efectivas. Entregar informes y presentar gráficas no basta. Analizar implica reconocer patrones, establecer prioridades, formular hipótesis, seleccionar intervenciones, asignar responsabilidades, definir metas verificables y comprobar posteriormente si las acciones funcionaron. En ese proceso, el liderazgo escolar resulta fundamental.

Los resultados de PISA 2025 exigen una respuesta. La tarea dominicana no consiste en imitar soluciones ajenas ni en rechazar evidencia parcial o incómoda, sino en utilizarla para comprender nuestras debilidades, aprovechar mejor los recursos e innovar desde nuestra realidad. La evidencia está disponible. Ahora corresponde convertirla en aprendizaje y acción.

(La autora es doctora en Filosofía en Liderazgo Educativo y Tecnología, experta en evaluación, medición e investigación educativa a gran escala. Su trayectoria en PISA comenzó con el pilotaje en RD para el ciclo 2009. Es decana de investigación de Unapec).

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