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El futuro que seremos. Parte 2


Antonio Taveras Guzmán

¿Qué República Dominicana seremos en el 2050? ¿Qué planes estamos haciendo para las próximas décadas? ¿Qué tan irresponsables estamos siendo con las generaciones futuras cuando nuestros planes de gobierno, cuando los hay, no van más allá de cuatro años o de un ciclo electoral?

Para entonces habrán cambiado muchas cosas. Nuestra población habrá envejecido. Las proyecciones demográficas para 2050 muestran la magnitud de estos cambios. Según el estudio de 2026 de la Oficina Nacional de Estadística (ONE), los niños de 0 a 14 años representarán el 18 % de la población; las personas de 65 años o más, el 17 %; y las de 60 años o más, entre el 22 % y el 23 %.

Estamos perdiendo aceleradamente nuestro bono demográfico. La proporción de personas de 60 años o más será superior a la de los niños menores de 15 años. Esto muestra la magnitud de la transformación demográfica de nuestro país y tendrá un gran impacto sobre nuestro sistema de salud, las políticas de cuidado —hasta ahora en ciernes; hace tres años propusimos una ley de cuidados que aún no ha sido aprobada por el Senado—, nuestro sistema de seguridad social y de pensiones, y el empleo.

Para el 2050, la ciencia y la tecnología habrán transformado los sectores productivos. La inteligencia artificial, que apenas comienza, modificará nuestra manera de trabajar, producir y relacionarnos, y estará integrada a prácticamente todas las actividades humanas. Muchos de los empleos que hoy conocemos ya no existirán, y las habilidades y la preparación profesional exigidas por el mundo laboral descansarán, en gran medida, en las capacidades técnicas y científicas de los trabajadores.

¿Qué estamos haciendo para adaptarnos a esta nueva etapa de la humanidad y formar a nuestros jóvenes? ¿Qué educación están recibiendo? ¿Qué tan conscientes están nuestras élites políticas y empresariales de la urgencia de actuar?

Los recientes datos de nuestro desempeño en las pruebas PISA nos dejan muy mal parados. Los resultados muestran que 91 de cada 100 estudiantes quedaron por debajo del nivel mínimo de competencia en matemáticas, 77 de cada 100 en lectura y 74 de cada 100 en ciencias. Solo 9 de cada 100 alumnos de 15 años alcanzaron el nivel mínimo en matemáticas. Estos datos revelan la magnitud de nuestras carencias en educación y nos plantean serios problemas para nuestro desarrollo productivo.

Yo fui uno de los miles de dominicanos que salimos a las calles vestidos de amarillo para lograr el 4 % para la educación, pensando que un mayor presupuesto iba a ponernos en ruta para transformar nuestro sistema educativo y cambiar la educación del siglo XX por una educación del siglo XXI.

El aumento del presupuesto para la educación nos trajo una mayor cantidad de aulas, almuerzos para nuestros estudiantes y mayor cobertura, pero no cambió la educación; es decir, lo que enseñamos y para qué enseñamos. Esto no fue posible porque la educación es solo uno de los ejes, quizás el principal, de los cambios estructurales que estamos obligados a provocar. Y si no se tiene una visión del mañana que queremos ser como país y sociedad, ni un compromiso político real de hacer posibles esos cambios, no podemos esperar que se tenga claro el tipo de educación que necesitamos. Lo que sí ha sido notorio es el despilfarro, las malas inversiones y, sobre todo, el saqueo de estos fondos a través de la corrupción.

Hacia el 2050, el deterioro del medio ambiente habrá avanzado. El cambio climático se sentirá con mayor fuerza, impactando negativamente sectores productivos como la agricultura y el turismo. La República Dominicana ocupa parte de una isla, y el aumento de las temperaturas contribuirá a elevar el nivel del mar. Podríamos estar perdiendo partes de nuestro territorio, que quedarían cubiertas por el agua. Tendremos mayores presiones sobre nuestros bosques, nuestras costas, nuestras tierras agrícolas y, sobre todo, el agua. Los fenómenos atmosféricos extremos podrían ser cada vez más destructivos y costosos para nuestra economía y nuestra sociedad.

La realidad de Haití y sus repercusiones sobre nuestro país es otro de los grandes desafíos para nuestro futuro. Es un tema que trataremos en otro artículo.

Durante años hemos diagnosticado problemas que siguen ahí, sin resolverse. Hablamos de reforma educativa, reforma fiscal, reforma eléctrica, institucionalidad, ordenamiento territorial, productividad, agua y transformación del Estado. Sin embargo, las reformas se siguen posponiendo porque tienen costos políticos y electorales inmediatos.

Tenemos un Estado muy condicionado por el clientelismo y por una concepción patrimonialista del poder. Un Estado que reparte dádivas, que manipula y controla a sectores de la ciudadanía a través de ellas, antes que construir capacidades y autonomía ciudadana. Un Estado que responde a la urgencia antes que planificar; que encuentra recursos para atender demandas particulares, pero enormes dificultades para sostener políticas públicas de desarrollo a corto, mediano y largo plazo.

Pero esa transformación no será posible sin instituciones fuertes, sin un Estado capaz de planificar y ejecutar políticas públicas que trasciendan los gobiernos, sin una educación de calidad que forme a los profesionales de esta nueva etapa de la humanidad y sin una visión compartida de país.

No podemos seguir hipotecando el mañana por las conveniencias políticas del presente. Cada reforma que postergamos, cada problema que dejamos crecer y cada oportunidad que desperdiciamos terminarán pasando factura a las generaciones que vienen detrás de nosotros.

El futuro que seremos tendremos que construirlo entre todos y con todos. Y si queremos que ese mañana sea diferente, tenemos que comenzar a construirlo hoy. Nada nos caerá del cielo como maná.

Santo Domingo



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