En la tarde de ayer, mientras se acercaba el cierre de la Feria Internacional del Libro, una gran cantidad de personas abarrotaba sus distintos pabellones. El ambiente era limpio, el movimiento de la gente ordenado. Durante once días se desarrollaron más de 700 actividades, con decenas de escritores y editoriales nacionales e internacionales, y las ventas de libros superaron los 97 millones de pesos. Sin importar las miradas pesimistas, el evento está vivo y sigue evolucionando.
Decenios atrás, la Feria del Libro tenía un carácter marcadamente literario y congregaba a lectores alrededor del libro físico, en busca de novedades o textos selectos. En otros momentos, tras el cierre de muchas librerías y la aparición de canales alternativos, se convirtió en un lugar de recreación, donde el libro compartía protagonismo con otras formas de entretenimiento. La edición que acaba de concluir parece haber encontrado un buen punto medio. Quizás no ofrece muchas sorpresas para los lectores más versados, pero tiene lo necesario para despertar el apetito de otros públicos. La oferta cultural del entorno, desde las conferencias hasta el pabellón de cómics, sirve también de anzuelo.
Ese punto medio puede servir como antesala a una nueva etapa que dé el salto al siglo XXI. El paso siguiente en la evolución de la feria podría ser una incorporación más decidida del mundo digital, colocando más recursos tecnológicos al servicio del libro, facilitando la búsqueda de obras y autores, ofreciendo nuevas formas de conocer sus contenidos y estimulando el descubrimiento de nuevas lecturas. El uso de la inteligencia artificial, por ejemplo, abre grandes posibilidades en esa dirección. La Feria de este año fue buena y nos felicitamos por ello, pero desde ahora apostamos a que la próxima sea todavía mejor.
