El 19 de enero de 2025, justo un día antes de que Donald Trump tomara posesión para su segundo mandato, publiqué un artículo titulado Venezuela, Groenlandia, Canal de Panamá y Golfo de México. Muchos interpretaron entonces las declaraciones de Trump como una vesania, una extravagancia o simplemente otra manifestación de su estilo estridente. Nosotros preferimos tomarlas en serio, no necesariamente porque cada una de aquellas amenazas fuera a materializarse literalmente, sino porque detrás de ellas advertíamos una concepción geopolítica que no nació con Trump y que, en buena medida, representa una versión renovada, menos diplomática y mucho más descarnada de la vieja Doctrina Monroe, delineada en 1823. Lo que ha cambiado no es necesariamente la lógica de fondo, sino las formas mediante las cuales Estados Unidos intenta reafirmar su primacía dentro de lo que históricamente ha considerado su zona natural de influencia.
En aquel artículo argumentaba que tanto Trump como Estados Unidos parecían haber comprendido que el escenario geopolítico internacional había dejado definitivamente atrás el momento unipolar surgido después del colapso de la Unión Soviética. Vivimos formalmente dentro de un orden multipolar, aunque, en muchos aspectos, la competencia internacional adquiere características tripolares: Estados Unidos conserva la enorme ventaja que le proporciona el dólar y su centralidad dentro del sistema financiero internacional; China se ha convertido en una potencia comercial, manufacturera y tecnológica de primer orden; mientras que Rusia conserva su condición de gran potencia militar y nuclear. En un escenario semejante, resulta comprensible que las grandes potencias procuren fortalecer sus respectivas zonas de influencia y asegurar aquellos territorios, recursos, mercados y rutas comerciales que consideran indispensables para preservar su poder.
Desde esa perspectiva, no me sorprendió el reciente mapa publicado por Trump en Truth Social, en el cual la bandera estadounidense cubría Canadá, México, Groenlandia, Islandia, Centroamérica y parte del Caribe. La imagen provocó incluso una reacción diplomática de Islandia, cuyo gobierno convocó al embajador estadounidense y calificó la publicación de inapropiada. El mapa, por supuesto, no constituye por sí mismo un proyecto oficial de anexión territorial, pero sería igualmente superficial descartarlo simplemente como una broma. Lo verdaderamente interesante es preguntarnos qué pretende comunicar Trump cuando utiliza mapas, nombres y símbolos territoriales para proyectar una determinada concepción del poder estadounidense.
El analista mexicano Alfredo Jalife-Rahme ha llamado precisamente la atención sobre esta particularidad del presidente estadounidense, señalando el uso recurrente de mapas y memes como mecanismos de comunicación, presión y disuasión frente a adversarios y aliados. La observación de Jalife resulta especialmente pertinente porque Trump parece haber convertido la cartografía en una extensión de su lenguaje político. En lugar de explicar extensamente una doctrina geopolítica, publica un mapa; en vez de elaborar una compleja teoría sobre esferas de influencia, coloca la bandera estadounidense sobre determinados territorios; y, cuando quiere transmitir dominio sobre un espacio geográfico, simplemente propone cambiarle el nombre. Se trata de una forma de comunicación política extraordinariamente simplificada, pero que, precisamente por esa razón, también puede resultar poderosa.
El ejemplo más evidente fue el cambio oficial estadounidense de “Golfo de México” a “Golfo de América”, seguido posteriormente por las provocaciones relacionadas con Groenlandia, Canadá y otros territorios. Más recientemente, Trump trasladó esa misma lógica al estrecho de Ormuz, al plantear públicamente la posibilidad de denominarlo “Trump Strait”. Sin embargo, existe una diferencia fundamental entre cambiar un nombre y controlar efectivamente un territorio. La situación actual del estrecho demuestra precisamente esa diferencia, pues la navegación continúa gravemente afectada por el conflicto con Irán y Estados Unidos no ejerce sobre esa vía marítima el dominio territorial que sugeriría semejante denominación. La provocación, por tanto, resulta geopolíticamente interesante no porque el estrecho haya dejado de ser Ormuz, sino porque revela nuevamente la relación que Trump establece entre lenguaje, territorio y poder.
Jalife también interpreta este comportamiento dentro de la continuidad histórica de la Doctrina Monroe, cuya aplicación compara metafóricamente con un acordeón que se expande o se retrae dependiendo de las circunstancias geopolíticas y geofinancieras internacionales. Esa metáfora ayuda a entender mi propia interpretación: bajo Trump, ese acordeón parece encontrarse nuevamente en una fase expansiva. La diferencia es que esta vez la reafirmación hemisférica estadounidense ocurre dentro de un contexto internacional caracterizado por la competencia estratégica con China, el resurgimiento de Rusia como actor militar y la creciente importancia de la energía, los minerales críticos, las cadenas de suministro y las nuevas rutas comerciales.
Precisamente por eso considero que Groenlandia, Canadá, México, Venezuela, el Caribe y el Ártico no deben analizarse como episodios completamente independientes. Todos esos espacios poseen, en diferentes proporciones, recursos naturales, reservas energéticas, minerales estratégicos, infraestructura, cadenas productivas o posiciones geográficas extraordinariamente importantes. Groenlandia proporciona acceso al Ártico y ocupa una posición privilegiada entre América del Norte y Europa; Canadá posee enormes reservas de hidrocarburos y minerales, además de un extenso territorio ártico; México constituye una pieza fundamental de las cadenas manufactureras norteamericanas y posee importantes recursos energéticos; Venezuela dispone de enormes reservas petroleras; mientras que el estrecho de Ormuz continúa siendo una de las arterias fundamentales del comercio energético mundial. La recurrencia de estos elementos permite formular una interpretación geoeconómica de los mapas de Trump, aunque no demuestra por sí misma la existencia de un plan estadounidense de anexión o expropiación territorial.
Mi hipótesis respecto de México se inscribe precisamente dentro de esa interpretación. Considero que la creciente vinculación estadounidense entre narcotráfico, seguridad fronteriza y organizaciones criminales podría servir como mecanismo para aumentar la presión sobre México y ampliar el margen de acción de Washington frente a su vecino. De ahí surge mi preocupación ante una eventual estrategia de fragmentación o “balcanización” política y económica que termine facilitando un mayor control estadounidense sobre recursos estratégicos, particularmente aquellos relacionados con el Golfo de México. Debe quedar claro, sin embargo, que esta constituye una interpretación prospectiva sobre la dirección que podría adoptar esa política y no la afirmación de que exista actualmente un plan oficial documentado para dividir México y apropiarse de su petróleo.
La dimensión energética adquiere todavía mayor importancia cuando incorporamos la competencia entre Estados Unidos y China por la inteligencia artificial. La carrera tecnológica del siglo XXI no se decidirá exclusivamente mediante algoritmos, semiconductores o capacidad científica, porque los centros de datos y la infraestructura necesaria para desarrollar sistemas avanzados de inteligencia artificial requieren cantidades crecientes de electricidad confiable. Desde esta perspectiva, el petróleo, el gas, la energía nuclear, los minerales críticos, las redes eléctricas y las rutas comerciales adquieren una importancia que trasciende la economía tradicional y entra directamente en el terreno de la seguridad nacional. El control o aseguramiento de fuentes energéticas y cadenas de suministro puede convertirse, por tanto, en una ventaja tecnológica frente a China.
El Ártico ocupa un lugar especial dentro de esta ecuación porque los cambios en las condiciones de navegación están aumentando progresivamente su importancia estratégica. Groenlandia permite proyectar poder hacia esa región, mientras que Canadá proporciona una continuidad territorial norteamericana hacia el océano Ártico. Si las rutas septentrionales adquieren mayor relevancia para el comercio entre Asia, Europa y América del Norte, la competencia por su acceso y seguridad será inevitablemente mayor. Por eso, cuando Trump habla repetidamente de Groenlandia y Canadá, considero insuficiente analizar sus declaraciones exclusivamente desde la perspectiva territorial; detrás de ellas también pueden identificarse preocupaciones relacionadas con la energía, la seguridad, el comercio, China y el futuro económico del Ártico.
En este punto aparece también Canadá y su relación histórica con Gran Bretaña. Conviene distinguir la historia imperial de la realidad jurídica contemporánea: Canadá dejó de ser una colonia británica y actualmente es un Estado soberano organizado como una monarquía constitucional, cuyo jefe de Estado es Carlos III en su condición de rey de Canadá. Sin embargo, las conexiones históricas, institucionales y financieras entre ambos países siguen siendo relevantes para comprender determinados elementos de la geopolítica transatlántica. Mark Carney constituye un caso particularmente interesante porque, antes de convertirse en primer ministro canadiense, fue gobernador del Banco de Canadá y, posteriormente, gobernador del Banco de Inglaterra entre 2013 y 2020. Esa trayectoria no demuestra que Londres controle políticamente Canadá, pero sí convierte a Carney en una figura excepcional dentro de las redes financieras que históricamente han conectado América del Norte y Gran Bretaña.
Otra hipótesis consiste en interpretar el enfrentamiento entre Trump y Carney como parte de una disputa más amplia que también afecta intereses británicos. Aunque considero necesario diferenciar esta interpretación de los hechos comprobables, la pregunta geoeconómica que merece atención es la siguiente: ¿hasta qué punto el proyecto de Trump busca consolidar un espacio económico norteamericano suficientemente integrado y energéticamente autónomo como para competir con China y, simultáneamente, reducir determinadas dependencias externas? Vista desde esa perspectiva, la propuesta retórica de convertir a Canadá en parte de Estados Unidos deja de ser solamente una provocación territorial y puede analizarse como la expresión extrema de una concepción continental del poder económico estadounidense.
Irán proporciona otro antecedente histórico importante para comprender la relación entre petróleo y poder. En 1953, el gobierno de Mohammad Mosaddegh fue derrocado después de haber nacionalizado la industria petrolera iraní, y documentos oficiales estadounidenses posteriormente desclasificados documentan la participación de la CIA en la operación destinada a provocar la caída de su gobierno. Gran Bretaña también desempeñó un papel central en aquella crisis debido a los intereses relacionados con la Anglo-Iranian Oil Company. Ese episodio no significa que Londres controle actualmente el petróleo iraní, pero sí demuestra que la competencia por los hidrocarburos ha sido históricamente inseparable de la geopolítica de Irán. Setenta y tres años después, volvemos a hablar simultáneamente de Irán, petróleo, Estados Unidos, rutas marítimas y control estratégico, aunque bajo circunstancias profundamente diferentes.
Es precisamente esa continuidad histórica la que me lleva nuevamente a la Doctrina Monroe y a lo que algunos han denominado, con cierta ironía, la “Doctrina Donroe”. Trump no inventó la idea estadounidense de una esfera de influencia hemisférica, como tampoco inventó la relación entre energía y poder. Lo que sí ha hecho es eliminar buena parte del lenguaje diplomático con el que tradicionalmente se presentaban esas ambiciones. Donde anteriormente se hablaba cuidadosamente de seguridad hemisférica, estabilidad regional o interés nacional, Trump publica un mapa, cambia un nombre o propone incorporar un territorio. Las formas han cambiado radicalmente, pero la pregunta consiste en determinar cuánto ha cambiado realmente la sustancia.
Por eso me parece demasiado sencillo reducir toda esta estrategia a la explicación de que Trump está “loco”. Hacerlo nos evita el trabajo, mucho más difícil, de estudiar los intereses económicos y geopolíticos que pueden encontrarse detrás de su retórica. Esto tampoco significa que debamos convertir cada meme en un documento de política exterior ni interpretar cada provocación como una decisión ya tomada. Entre esos dos extremos existe un espacio analítico mucho más interesante, en el cual los mapas y los nombres funcionan simultáneamente como instrumentos de negociación, mecanismos de intimidación, señales dirigidas a adversarios y herramientas destinadas a ampliar los límites de aquello que políticamente puede imaginarse.
Quizás esa sea precisamente la característica más importante de Trump y sus nombres. Primero introduce una idea que parece inconcebible; posteriormente, la repite hasta convertirla en parte de la conversación pública; y, finalmente, utiliza la reacción provocada como elemento de negociación. El territorio no necesariamente cambia de dueño, pero los términos de la discusión sí pueden cambiar. Desde esa óptica, el objetivo inmediato de un mapa no tendría que ser necesariamente la anexión física de Canadá, Groenlandia o México; podría consistir en reafirmar que Estados Unidos considera nuevamente al hemisferio occidental como el núcleo territorial de su seguridad económica, energética y estratégica frente al ascenso de China y la persistencia militar de Rusia.
Cuando escribí en enero de 2025 que las grandes potencias intentarían expandir o consolidar sus respectivas zonas de influencia dentro del nuevo orden multipolar, esa era precisamente mi preocupación. Los acontecimientos posteriores me llevan a formular ahora una pregunta más específica: ¿estamos observando el nacimiento de una Monroe 2.0, adaptada no solamente a la competencia militar, sino también a la energía, las rutas comerciales, los minerales críticos, las cadenas de suministro y la inteligencia artificial? Los mapas de Trump no responden definitivamente esa pregunta, pero constituyen elementos que justifican plantearla.
Los nombres pueden cambiar y los mapas pueden redibujarse, pero la geografía permanece. Precisamente por eso, cuando el presidente de una gran potencia comienza sistemáticamente a cambiar nombres, publicar mapas y colocar su bandera sobre territorios ajenos, considero que lo importante no es reaccionar únicamente ante la extravagancia de la imagen, sino preguntarnos qué concepción del poder intenta transmitir. Tal vez nunca exista oficialmente un “estrecho de Trump”, Canadá continúe siendo Canadá y México siga siendo México, pero detrás de esas provocaciones permanece una cuestión mucho más trascendente: cómo pretende Estados Unidos preservar su poder dentro de un mundo en el que ya no está solo y en el que el territorio, la energía, el comercio y la tecnología vuelven a converger como instrumentos fundamentales de la competencia entre las grandes potencias.
