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La profunda enseñanza de fe que dejó Juana de Arco


Gracias a Dios contamos con amigos de muchos años con los cuales, sin importar distancias o circunstancias, uno ha logrado mantener una gran fraternidad. Entre ellos, está el destacado académico y escritor Carlos Julio Báez, quien permanentemente nos envía sus escritos u otras informaciones importantes desde España. Y Carlos, con motivo de los dos últimos artículos en los cuales he hecho referencia al sabio filósofo griego Sócrates y de lo barato que resultaría promocionar el cielo en función de la fe, me hace referencia, precisamente a la fe de una mujer que se convirtió en símbolo de Francia y, si se quiere, del mundo. Me refiero a Juana de Arco.

Aunque lamentablemente he podido comprobar que en la actualidad son pocos los que conocen de ella, específicamente las generaciones más jóvenes, vale la pena destacar que Juana de Arco le dejó a la humanidad una profunda enseñanza sobre la fe, la fortaleza interior y la confianza en uno mismo.

Según destaca el escrito a que hace referencia Carlos Julio, Juana de Arco representa una de las figuras más importantes de la historia de Francia, y, además, una de las mujeres más influyentes de todos los tiempos. Haciendo énfasis en su valentía durante la que se denominó la Guerra de los Cien Años y su firme convicción para defender aquello en lo que creía. Lo que la convirtió en un símbolo universal de valentía y coraje.

Juana de Arco dejó una frase conmovedora que se continúa transmitiendo a través del tiempo como mensaje de esperanza y fortaleza: “Es mejor estar sola con Dios. Su amistad no me fallará, ni su consejo ni su amor”

Esa humilde joven nacida en el 1412 en un pueblito de Francia, afirmaba que recibía mensajes divinos que la impulsaban a su causa. En ese caso, ayudar a un joven a recuperar el trono de Francia. Y a pesar de no contar prácticamente con nada ni tener experiencia o conocimiento militar, logró liderar tropas en el momento decisivo de la Guerra de los Cien Años, logrando la liberación de Orleans en el 1429. Por cierto, muy pocas décadas antes de producirse la llegada de Colón a América.

Aquella joven creyente y de fe, por causas diferentes a las de Sócrates, quien por contradicciones con el poder del momento en Grecia fue condenado a morir envenenado, Juana de Arco fue condenada a morir en la hoguera a los 19 años. “Ella murió convencida de que la verdadera fortaleza no dependía del poder, de la riqueza o del reconocimiento de los demás, sino de sus convicciones y en la fe que guiaba cada una de sus decisiones”.

25 años después de ser quemada en una hoguera, en un nuevo juicio, según definió Enmanuel Esquea, póstumo, fue declarada nula su condena al determinar numerosas irregularidades durante el juicio. Y en el año 1920, la Iglesia Católica la canonizó, convirtiéndose a partir de ahí en la patrona de Francia.

Sócrates y Juana de Arco fueron dos seres diferentes. Dos maneras de pensar y vivir y dos formas de morir. Coincidiendo ambos, de alguna manera, en que la felicidad y la dignidad no se adquieren necesariamente con bienes materiales. Juana de Arco entregó su vida, invitando a actuar con autenticidad.

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