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El problema no es que sean chinos


La expansión de los comercios de capital chino es ciertamente impresionante y no resulta extraño que se haya convertido en una fuente de atención. Algunas preocupaciones se basan en sospechas de evasión tributaria, subvaluación de importaciones y competencia desleal frente a los comercios de capital criollo. Otras aprensiones se derivan de la magnitud del déficit comercial con China, que muchos describen como un problema de graves consecuencias. Todos esos temas merecen atención, pero ninguno debería justificar que la nacionalidad de un segmento empresarial sea considerada en sí misma un problema.

Esa afirmación se sostiene sin necesidad de apelar a teorías económicas complejas. En cuanto a los precios, basta recordar que cuando una empresa vende más barato que sus competidores, eso puede ser una mala o una buena noticia. Es una mala noticia si la ventaja proviene de evasión, subvaluación o incumplimiento de las normas laborales; es una buena noticia si proviene de economías de escala, menores márgenes o una logística más eficiente que permita ofrecer mejores condiciones al consumidor. En el caso del comercio chino, todavía está pendiente determinar de forma rigurosa el peso de cada factor.

En cuanto al balance comercial, es suficiente destacar que el saldo con cada socio individual dice poco, por sí solo, sobre los beneficios que un país obtiene del intercambio. De hecho, República Dominicana también mantiene un importante déficit en su comercio de bienes con Estados Unidos, su principal socio comercial, pero eso no lleva a concluir que el comercio con ese país constituya un problema.

Fiscalicemos todo lo necesario y exijamos a todos el cumplimiento estricto de las reglas laborales, aduaneras y tributarias, pero después de hacerlo, dejemos que los negocios compitan. Lo que debe importar es la conducta de una empresa y no la nacionalidad de sus propietarios. No sería sensato reprochar a los chinos solo porque crezcan y vendan barato.

Editorial



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