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    Gatita de María Ramos


    María Ramos hizo escuela con su gatita. Aquí, algunos aprendieron a disimular mejor, a moverse por los ambientes correctos y, con el tiempo, hasta arrogarse la autoridad de impartir decencia. La memoria, por suerte, suele ser menos complaciente que ellos.

    Cuando Virgilio apareció muerto en la cocina de su hogar, todas las miradas acusadoras recayeron en María Ramos. Un golpe en la frente y una piedra de machacar constituyeron las piezas incriminatorias. Durante el juicio de fondo, sin embargo, María señaló a su gata Mimí como única responsable del sangriento acontecimiento. Imagínense tal intención de culpar a un tercero de semejante hecho. Por fortuna, los jueces la condenaron, pero quedó registrado el rumor en La Habana, alrededor del modelo perfecto de irresponsabilidad, simulación e hipocresía. Y así llegó para quedarse en el refranero popular: tirar la piedra y esconder la mano.

    Aunque no siempre se advierta, el arte de disimular e impedir identificar la fuente de la daga artera no es para todo el mundo, y una altísima dosis de talento para su implementación debe acompañar al diestro ejecutante. Lo cierto es que esa vocación por emular la gatita de María Ramos se reproduce en todos los ámbitos. De ahí la prudencia de individualizar primero al rufián. Luego, hacerle saber que uno lo sabe, y ya. Y tener buena memoria.

    Afortunadamente, todos nos hemos encontrado en una esquina de la vida: los estudios, los amigos en común y el variopinto repertorio de narrativas con rastros de credibilidad que no borran los años. No obstante, hay quienes se empeñan en disimular turbulencias infantiles y vacíos existenciales, intentando llenarlos con “eficientes” trabajos VIP destinados a crear la ilusión de que compartir con el primor social termina por igualarlos. Eso sí, sus piruetas andan de boca en boca como resultado de una notoriedad nacida en la jurisdicción privada y transformada en cabildeos de la peor ralea, arrogándose el derecho de endilgar a otros lo que cotidianamente ejecutan con ropaje de reclamo de botellas de ron, denuncias de productos rumbo al vecino país o travesuras fideicomisadas.

    Las conductas diabólicas están condenadas hasta en las Sagradas Escrituras. De ahí el trágico final de Jezabel que, con pelo bien cuidado y ojos deslumbrantes, creyó posible calumniar a Jehú para terminar en las ruedas del carruaje y consumido su cuerpo por los perros.

    Y aquí, en el mismo trayecto del sol, la vocación de tirar la piedra y esconder la mano tiene exponentes singulares, enfermizamente proclives a creerse amos del universo en capacidad de pautar una decencia que sus actos íntimos niegan en la cotidianidad. Allí radican la raíz de su ira, el motivo de su desgracia ancestral y la fuente de repelencia que provocaron en los cenáculos que representaron antes de dar el salto al mundo del cabildeo.

    La ponzoña



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