En un libro reciente, Charlatanes, Moisés Naím y Quico Toro hacen un recorrido por personajes que, a lo largo del tiempo, han logrado engañar a multitudes en los negocios, las finanzas, la religión y la política. La asombrosa galería incluye desde un alquimista del siglo XVI que convenció a las autoridades venecianas de que podía convertir metales en oro, hasta personajes tan modernos como televangelistas, estafadores de criptomonedas y políticos que han alcanzado las más altas posiciones. La persistencia del fenómeno es notable, y las técnicas fundamentales del engaño han cambiado poco a través de los siglos. Eso resulta curioso, porque nunca habíamos tenido tanta información para reconocer los indicios del engaño. Las mismas tecnologías que nos facilitan el acceso al conocimiento también permiten que los embaucadores alcancen a multitudes y se conviertan rápidamente en fenómenos virales y globales.
El éxito de los timadores no puede explicarse solamente por sus habilidades, pues también requiere que estemos dispuestos a creerles. El talento de un charlatán es identificar aspiraciones, temores y frustraciones y ofrecer aquello que sus víctimas desean encontrar: riqueza rápida, respuestas a necesidades existenciales, un plato de comida o redención en la política. Este último caso resulta especialmente peligroso, porque el engaño no afecta únicamente a quienes creen, sino que puede comprometer decisiones que conciernen a todo un pueblo.
¿Puede una sociedad moderna eliminar ese riesgo? Seguramente no, pero sí puede reducir su vulnerabilidad. Una primera línea de defensa es desconfiar de las ofertas que prometen caminos fáciles al paraíso. La segunda es un ejercicio permanente del pensamiento crítico y del debate de ideas, que permita someter cualquier afirmación al escrutinio que merece. En nuestro caso, ojalá que los dos años que nos separan de las próximas elecciones presidenciales sean un espacio para eso, y que nadie pueda sustraerse de esa responsabilidad.

