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    Difamar ya no es gratis


    Hace apenas unos años, decir cualquier cosa de cualquiera en redes sociales tenía prácticamente cero consecuencias. Hoy eso cambió. Y vale la pena celebrarlo con la misma intensidad con la que analizamos el problema.

    Desde este mes de agosto, República Dominicana cuenta con un nuevo Código Penal que endurece de forma significativa las sanciones por difamación, incluyendo lo que se publica en redes sociales, plataformas digitales y espacios de streaming.

    Las penas pueden ir de dos a cinco años de prisión menor, con multas de nueve a quince salarios mínimos. Si el hecho lo cometen dos o más personas actuando en conjunto, piensa en las cuentas coordinadas, los «packs» de difamación por encargo, la pena sube hasta 10 años, con multas de 20 a 30 salarios mínimos.

    Y por primera vez, los medios digitales y portales web también podrán responder penalmente cuando la difamación se cometa en su nombre o por falta de supervisión editorial.

    Este es el dato que más me interesa resaltar: la ley crea la figura de la difamación extorsiva. Es decir, reconoce oficialmente lo que muchos ya sabíamos: que difamar se convirtió en modelo de negocio. Cuentas, páginas y espacios digitales completos construidos sobre acusaciones sin pruebas, audios de origen incierto y «filtraciones» que generan clics, comentarios y dinero. La reputación ajena, convertida en mercancía.

    La gran pregunta detrás de la pantalla

    Y aquí quiero detenerme en algo que pocas veces nos atrevemos a preguntarnos con honestidad: ¿se atrevería esa misma persona a decir en tu cara lo que acaba de escribir en un comentario?

    La pantalla creó una distancia peligrosa entre la palabra y la mirada de quien la recibe. Escribir un juicio, una acusación o un insulto detrás de un teclado se siente liviano, casi inofensivo, porque no vemos el rostro de quien lo lee ni el temblor de su voz cuando lo cuenta después. Esa ligereza es, quizás, el verdadero origen del problema: no es solo un asunto legal, es un asunto de carácter.

    Esta reforma legal ya tiene rostro y evidencia. En junio de este año, la creadora de contenido Claudia Pérez Ramírez, conocida como «La Tora», fue condenada a un año de prisión y al pago de RD$5 millones de indemnización, tras ser hallada culpable de difamación e injuria contra el diputado del PRM Sergio Moya de la Cruz («Gory»). No fue un hecho aislado para ella: enfrenta varios procesos similares, y apenas este mes recibió una nueva orden de arresto por otra querella, esta vez de la periodista Iluminada Muñoz.

    Semanas antes, en mayo, la comunicadora Tamara Martínez fue condenada a tres meses de prisión por difamación e injuria contra la presentadora y actriz Gabi Desangles, en un proceso que se extendió cerca de dos años.

    También en mayo, Rafael Guerrero Méndez, conocido por su programa de YouTube «Corrupción al Desnudo», fue condenado por difamación e injuria, en un fallo que los especialistas ya consideran un precedente para los procesos venideros contra comunicadores y creadores digitales.

    Y en el ámbito empresarial, Samuel Pereyra, presidente del Consejo de Administración de Refidomsa, anunció acciones legales contra el abogado y comunicador Carlos Rubio por publicaciones que califica de extorsivas contra él y su familia. No son casos aislados: son una tendencia, y la tendencia es clara.

    Inteligencia emocional, la habilidad que nos falta enseñar

    Si hay una competencia que deberíamos priorizar en esta nueva era digital, es la inteligencia emocional. Publicar sin pausar, responder desde el impulso, buscar el «me gusta» fácil a costa de otro: todo eso es, en el fondo, una falta de regulación emocional.

    Antes de escribir, pausar. Antes de acusar, verificar. Antes de compartir, preguntarse qué se siente del otro lado. Esta no es una habilidad reservada a comunicadores profesionales; es una habilidad de vida que todos, sin excepción, necesitamos fortalecer en tiempos donde cada persona tiene un micrófono en el bolsillo.

    Y aquí está su verdadero potencial: la inteligencia emocional bien entrenada evita procesos legales, puede convertirse en una herramienta real para restarle fuerza a la violencia digital que hoy circula con tanta naturalidad.

    Una persona que sabe reconocer su impulso antes de actuar, que identifica la rabia o la envidia detrás de un comentario antes de escribirlo, interrumpe el ciclo antes de que empiece. Menos impulsividad en digital significa, literalmente, menos violencia en digital.

    Este cambio se vive distinto según desde dónde lo mires:

    Desde los comunicadores y periodistas, es un llamado a fortalecer la verificación y el rigor editorial que siempre debió sostener nuestro oficio; la credibilidad vuelve a ser el activo más valioso, no la velocidad.

    • Desde la persona común que comenta y comparte, es una invitación a entender que una publicación también es un acto público con consecuencias legales reales, no un desahogo sin costo.

    Desde las nuevas generaciones, especialmente la Z y la Alpha, es una oportunidad: crecen valorando la autenticidad por encima de la viralidad fácil, y eso las coloca en posición de liderar, con naturalidad, una forma más consciente de comunicar en digital.

    Esta reforma legal nos da una excusa perfecta para reescribir las reglas de cómo nos hablamos en digital. No se trata de callarnos ni de suavizar lo que denunciamos con fundamento, el periodismo de investigación y la crítica social siguen siendo indispensables. Se trata de distinguir con claridad entre informar con evidencia y destruir con rumores.

    Ir más allá del titular también significa esto: entender que detrás de cada publicación hay una persona real, y que la forma más innovadora de comunicar en 2026 no es la más rápida ni la más viral, es la más verificada, la más consciente y la más humana.

    Monseñor Héctor Rafael Rodríguez, arzobispo de la Arquidiócesis de Santiago.



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