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    El comportamiento humano es más complejo que la democracia


    La semana pasada externé conceptos referentes a la complejidad de la democracia en nuestros países. Lo hice, matizando el ADN de cada nación y de los partidos que sustentan los diferentes sistemas, adquiriendo cada uno características propias. Pero si tomamos en cuenta lo complejo que es el ser humano, podríamos concluir en que es más complejo que la democracia. Sin necesidad de remontarnos a Sócrates, Platón o Aristóteles.

    El comportamiento humano, tema sobre el cual hemos tratado en entregas anteriores, fundamentándolo en la famosa expresión “conócete a tí mismo”, por su complejidad, debe ser tomado en cuenta en cada etapa de la vida y hasta en cada momento. Porque un acontecimiento de cualquier índole, sobre todo, si afecta lo que pudiera considerarse como derechos o intereses, pueden provocar reacciones insospechadas.

    Reacciones tan importantes y diferentes que pueden, incluso, crear barreras o mares de por medio entre aquellos que compartieron compañerismo por años, se sirvieron mutuamente o fueron socios. Y todo eso porque lamentablemente así es la naturaleza humana. Experiencias sobradas que hemos vivido muchos de nuestra generación.

    Es esa la razón por la cual, cada vez que así lo entiendo prudente, en ocasiones corriendo el riesgo de que alguien malinterprete los propósitos, hago llamados de advertencia. Particularmente cuando se presentan momentos en los que se pone en juego el poder. Y digo poder porque aquí, a cualquier persona o sector con supuestas influencias en cualquier área, se le considera con poder para decidir.

    En tal virtud, quiero insistir en la importancia del momento que vive el país. Especialmente en estos dos años por venir, que pueden representar la diferencia entre lo vivido y lo por vivir. Porque en lo que resta para el 2028 se podrían conocer actitudes inimaginables. Porque aun a Sócrates, Platón y Aristóteles les tomó mucho tiempo tratar de entender el comportamiento de los seres humanos.

    Si gobernar y aplicar un sistema democrático en una nación es tarea compleja y difícil, no es por otra razón que por la composición humana. Porque el ser humano, además de ser una incógnita, está lleno de pasiones. Es capaz de pensar y analizar, pero también de reaccionar sin tomar en cuenta posibles consecuencias. Y sucede con más frecuencia y fervor, cuando lo que está de por medio es el poder con todo lo que ello signifique para quienes así piensan, actúan o reaccionan. No importa en el sector de que se trate.

    Muchos de nuestra generación -que gracias a Dios nos acompañan- hemos visto momentos de poder y abandono. De compañías y soledades. Admirados e ignorados. Y, sobre todo, el rompimiento de amistades de años entre los que entendieron que no le dieron lo que les correspondía o merecían. Porque muchos colaboradores, internos y externos han entendido que si alguien llega al poder se lo deben a ellos. Porque de ese tamaño es el ego que forma parte del comportamiento humano. Más complejo que la democracia.

    A pesar de las complejidades de la democracia que pudieran llevar algunos a preocuparse, aquí gracias a Dios no corre peligro. Sin embargo, es aconsejable que todos los sectores mantengan vigilancia. Más que en las complejidades de la democracia, en las complejidades humanas que siempre circundan las áreas de poder.

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