Portada » ¿Por qué los niños y niñas se escapan de las residencias administradas por el CONANI o las Asociaciones sin Fines de Lucro?
    Publicado en

    ¿Por qué los niños y niñas se escapan de las residencias administradas por el CONANI o las Asociaciones sin Fines de Lucro?


    De acuerdo con las cifras del registro administrativo de la Dirección de los Hogares de Paso, entre enero y marzo de 2026, el CONANI recibió 98 nuevos ingresos en sus espacios residenciales. De estos, 42 correspondían a niños, niñas y adolescentes que sobrevivían en las calles (25) o antecedentes de conflicto con la ley (17), mientras que los demás casos estaban asociados a situaciones de abandono (8), abuso físico (3), abuso sexual (7) y otras formas de vulneración de derechos (38). Estos datos revelan que una proporción significativa de la población acogida ha vivido experiencias de violencia, exclusión, ruptura familiar y sobrevivencia en contextos altamente adversos. Ante esta realidad, es pertinente la pregunta: ¿por qué algunos niños, niñas y adolescentes deciden escapar de los Hogares de Paso o Centros de Acogida?

    Para responder esta interrogante, es importante comprender que los Hogares de Paso no son cárceles ni centros de corrección. Con frecuencia, la sociedad espera que estos espacios funcionen bajo una lógica de control estricto, vigilancia permanente y disciplina rígida, especialmente cuando se trata de adolescentes pobres que suelen ser etiquetados como “problemáticos”. Sin embargo, la protección infantil no se construye desde el castigo ni el encierro, sino desde el acompañamiento profesional, la generación de vínculos, la confianza y el desarrollo gradual de la autonomía. Cuando las respuestas se inclinan excesivamente hacia el control y la sobre exigencia, muchos niños, niñas y adolescentes reaccionan buscando recuperar espacios de decisión, libertad o pertenencia. Exigir un control absoluto no solo es incompatible con sus derechos, sino que desconoce la naturaleza misma de los espacios de cuidado y protección. Aprovechando esto como contexto, responderé a esa y otras preguntas frecuentes:

    ¿Por qué se escapan? Cuando ingresan a espacios altamente estructurados, con horarios, normas y rutinas definidas, los niños, niñas y adolescente pueden experimentar sentimientos intensos de ansiedad o encierro. Las fugas no siempre expresan un problema disciplinario. Con frecuencia constituyen una reacción asociada a trayectorias de vida marcadas por la ausencia de límites estables y por experiencias traumáticas previas. Por ello los procesos de adaptación requieren acompañamiento especializado, comprensión de las historias individuales y estrategias pedagógicas capaces de generar confianza sin recurrir exclusivamente al control.

    ¿Por qué los riesgos incrementan en la noche? Un aspecto particularmente sensible son las horas nocturnas. Durante el día, las actividades educativas, recreativas y deportivas suelen ofrecer espacios de regulación emocional y canalización de energía. Pero cuando las rutinas se detienen y el silencio aparece, también emergen recuerdos, activación de traumas, angustias, síntomas de abstinencia, los conflictos personales que permanecían contenidos. La noche representa uno de los momentos de mayor vulnerabilidad dentro de cualquier espacio residencial tanto de manera individual como colectivo

    ¿Por qué los hogares de paso necesitan profesionales y no solo personas de buena voluntad? El trabajo con niños, niñas y adolescentes en cuidado alternativo exige mucho más que vocación de servicio. Con frecuencia, las personas adultas llegan a estos espacios cargadas de miedos, prejuicios, estereotipos o interpretaciones simplistas sobre las conductas de quienes atienden. Un adolescente desafiante puede ser percibido como una amenaza cuando en realidad está expresando una necesidad; un conflicto cotidiano puede interpretarse como indisciplina cuando requiere una intervención socioeducativa; una crisis emocional puede ser respondida desde el castigo cuando demanda contención especializada. Sin formación adecuada, el riesgo de actuar desde los sesgos personales o el sentido común aumenta significativamente.

    Por ello, los hogares de paso necesitan profesionales con herramientas psicoeducativas, conocimientos sobre desarrollo evolutivo, manejo de grupos, resolución de conflictos, regulación emocional y enfoques de derechos. También requieren supervisión técnica permanente, formación continua y evaluación periódica de su desempeño. La calidad de un sistema de protección depende en gran medida de la calidad de las interacciones cotidianas entre adultos y niños. Cuando quienes ejercen el cuidado cuentan con las competencias necesarias, las normas dejan de ser mecanismos de control para convertirse en oportunidades educativas; los conflictos se transforman en espacios de aprendizaje y la protección deja de depender de la intuición para apoyarse en prácticas fundamentadas y efectivas.

    ¿Quién cuida a quienes cuidan a los niños y adolescentes? La profesionalización es indispensable, pero no suficiente. El trabajo cotidiano con niños, niñas y adolescentes que han vivido situaciones de violencia, abandono o trauma implica una alta carga emocional para quienes les acompañan. Sin espacios de supervisión, apoyo psicosocial y autocuidado, el agotamiento, la frustración y el desgaste profesional pueden afectar la calidad de las intervenciones e incluso convertirse en factores de riesgo para la vulneración de derechos. Cuidar a los/as cuidadores no es un beneficio adicional, es una condición ética imprescindible para garantizar una protección efectiva y sostenida de la infancia sin cuidados parentales.

    ¿Sabías que cada nuevo ingreso puede modificar los niveles de riesgo dentro de un hogar de acogida? Los espacios residenciales funcionan como pequeñas comunidades donde, con el tiempo, se construyen dinámicas de convivencia, vínculos y rutinas que aportan estabilidad a quienes viven allí. Por eso, cada nuevo ingreso altera de alguna manera el equilibrio existente y exige una importante curva de adaptación tanto para el niño, niña o adolescente que llega como para quienes ya residen en el lugar. Cada persona reacciona de manera distinta según su historia de vida, experiencias previas, necesidades emocionales y capacidad para relacionarse con otros.

    Esto implica que cada ingreso debe ser gestionado cuidadosamente mediante una estrategia de intervención específica que considere tanto el perfil de la persona que se incorpora como las características y necesidades del grupo residente. La protección efectiva no depende únicamente de la supervisión, sino también de la capacidad de anticipar, acompañar y gestionar los cambios que inevitablemente genera toda nueva incorporación.

    ¿Cómo la participación infantil puede prevenir una tragedia? Los sistemas de protección han sido históricamente administrados desde perspectivas adultocéntricas, donde las decisiones se toman para los niños, niñas y adolescentes, pero pocas veces con ellos. Sin embargo, la participación constituye una herramienta de protección que difícilmente falla. Escuchar sus preocupaciones, informarles sobre el estado de sus procesos legales, involucrarlos en la construcción de normas de convivencia y generar espacios permanentes de diálogo fortalece el sentido de pertenencia y reduce tensiones cotidianas. Muchas veces los conflictos no nacen de la mala conducta, sino de la incertidumbre, la frustración o la sensación de no tener control alguno sobre la propia vida.

    La participación también funciona como un mecanismo de alerta temprana. Los propios niños y adolescentes suelen identificar conflictos, situaciones de intimidación o riesgos antes que los adultos. Por ello, además de promover espacios de escucha, resulta indispensable evaluar periódicamente el desempeño de los equipos profesionales, supervisar la calidad de las relaciones que establecen con los usuarios y ampliar las actividades educativas, deportivas y recreativas fuera de las instalaciones así como realizar reuniones periódicas con niños y niñas para escuchar sus sugerencias de mejoras en el espacio residencial.

    ¿Por qué son importantes las políticas de salvaguarda en los hogares de paso? Las políticas de salvaguarda establecen reglas claras para prevenir, detectar y responder ante cualquier forma de violencia o vulneración de derechos. En espacios donde viven niños, niñas y adolescentes que ya han experimentado situaciones de riesgo, estas políticas son una garantía de que su seguridad, dignidad y bienestar estarán en el centro de cada decisión y actuación y es un medida de protección para todos y todas quienes conviven en el mismo espacio.

    ¿Sabías que la regulación emocional también entra por la boca?

    La alimentación suele abordarse desde una perspectiva exclusivamente nutricional, pero cada vez existe mayor evidencia sobre la relación entre cerebro, alimentación y comportamiento. Muchos niños, niñas y adolescentes que ingresan a los hogares de paso han estado expuestos durante años a estrés tóxico, experiencias traumáticas, privaciones materiales o consumo de sustancias, factores que afectan el funcionamiento del sistema nervioso, los ciclos de sueño, la atención y la regulación emocional. En este contexto, la neuroalimentación debe ser considerada como parte de la estrategia de protección y recuperación.

    La construcción participativa de menús y planes alimentarios no solo favorece la aceptación de los alimentos; también permite diseñar esquemas nutricionales que contribuyan a reducir la ansiedad, mejorar la concentración, estabilizar los niveles de energía y favorecer el descanso. La selección de alimentos según la hora del día, las actividades previstas y las necesidades específicas de cada grupo puede convertirse en una herramienta complementaria para la convivencia y el bienestar emocional. En los espacios de cuidado alternativo, la alimentación no solo debe nutrir el cuerpo; también debe contribuir a crear las condiciones biológicas necesarias para una mejor autorregulación emocional

    ¿Cómo acelerar el reloj invisible de la institucionalización?

    Cada día que un niño, niña o adolescente permanece en un centro residencial debe responder a una necesidad de protección claramente justificada y avanzar hacia una solución definitiva. La institucionalización no puede convertirse en una espera indefinida mientras los procesos administrativos, judiciales o sociales avanzan lentamente. Detrás de cada expediente detenido hay una infancia que sigue transcurriendo, cada día que tarda una evaluación, una decisión judicial, una reunificación familiar o cualquier trámite administrativo es un día adicional que un niño o niña permanece, potencialmente de manera innecesaria, en un hogar de acogida. Por ello, los estándares internacionales insisten en que toda medida de cuidado alternativo debe ser excepcional, temporal y acompañarse desde el primer día de una estrategia de egreso.

    Por ello, reducir los tiempos de respuesta es una medida de protección bajo la conciencia de urgencia que debe atravesar a todas las instituciones involucradas, porque para un niño el tiempo no transcurre al ritmo de las oficinas públicas; transcurre al ritmo de su desarrollo, y cada demora representa oportunidades de crecimiento, vínculos familiares y proyectos de vida que no pueden recuperarse después.

    La tragedia ocurrida recientemente obliga a revisar protocolos, fortalecer capacidades institucionales y mejorar los mecanismos de supervisión. Pero también nos recuerda que los hogares de paso son una respuesta necesaria frente a situaciones extremas de desprotección, pero nunca deben convertirse en el horizonte permanente de la protección infantil.

    El verdadero éxito de un sistema de protección no se mide por la cantidad de niños, niñas y adolescentes que logra albergar, sino por la cantidad que logra reintegrar exitosamente a una familia, a una comunidad y a un proyecto de vida donde la institucionalización ya no sea necesaria. Porque CONANI no es una familia; es un mecanismo temporal de protección cuando todos los demás mecanismos han fallado. Mientras sigamos concentrando nuestros esfuerzos en rescatar niños y niñas sin fortalecer simultáneamente a las familias, las comunidades y los sistemas de apoyo que los rodean, seguiremos llegando tarde. En el próximo y último artículo compartiré mis reflexiones y propuestas sobre la siguiente idea: Para salvar a los niños y las niñas, debemos fortalecer a las familias y las comunidades. 

    CONANI



    Source link

    Deja una respuesta

    Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *