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    Luces y sombras de un tsunami tecnológico: la inteligencia artificial


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    Detrás de lo aparentemente simple, visto por un usuario común, la inteligencia artificial opera gracias a maquinarias físicas de escala monumental. Esta es su gran paradoja: cuanto más «inteligente» e intangible parece el servicio para el usuario, más recursos materiales exige en la sombra.

    Entrenar modelos avanzados y procesar millones de consultas diarias requiere una colosal infraestructura, a menudo invisible para el usuario, que demanda servidores, semiconductores de alta capacidad, energía y agua para refrigeración.

    Los centros de datos son las fábricas de la era digital; allí se procesan y distribuyen los datos que alimentan la economía global. Sin embargo, su crecimiento acelerado plantea graves tensiones ambientales y territoriales.

    El dramático consumo de la IA genera preocupación mundial por su impacto en el sector energético, el cual exige inversiones masivas en nuevas redes eléctricas. Asimismo, la refrigeración de los semiconductores ejerce una presión crítica sobre las fuentes acuíferas debido al uso intensivo de agua que requiere esta tecnología.

    El problema no es únicamente el presentado en el ámbito de lo tecnológico; también en lo político y social. ¿Dónde se instalan esos centros de datos? ¿Quién recibe los beneficios? ¿Quién asume los costos ambientales? ¿Qué países controlan los chips, las patentes, los modelos y la infraestructura? Estas preguntas, cada vez más relevantes, gravitan en un mundo donde la soberanía digital se vuelve parte esencial de la soberanía económica.

    La IA también depende de cadenas globales de suministro altamente concentradas; los semiconductores avanzados son producidos en un número limitado de empresas y territorios, en consecuencia, cualquier tensión geopolítica, conflicto comercial o interrupción logística puede afectar el desarrollo de su industria, en este sentido, la competencia por los chips se ha convertido en un asunto estratégico para las principales potencias, sumándose el debate sobre la sostenibilidad donde las grandes tecnológicas prometen avanzar hacia energías limpias, sistemas de refrigeración más eficientes y centros de datos con menor impacto ambiental, sin embargo, el crecimiento de la demanda puede superar la velocidad de esas soluciones. La IA, como hemos expresado, necesita enormes sistemas energéticos eficientes, presionando sistemas eléctricos que ya enfrentan desafíos por el cambio climático, la urbanización y la transición energética.

    Para países como la República Dominicana, el reto consiste en insertarse inteligentemente en esta transformación. No basta con ser consumidores de aplicaciones de IA; es necesario pasar a la acción mediante tres pilares estratégicos:

    Desarrollo de capacidades: Formar talento técnico avanzado y fortalecer las competencias locales para no depender exclusivamente de soluciones extranjeras.

    Gobernanza e institucionalidad: Crear marcos regulatorios modernos que protejan los datos soberanos y actualicen las instituciones públicas.

    Adopción responsable: Promover un uso ético, seguro y equitativo de la tecnología en el tejido productivo y social.

    La IA puede ser una palanca para el desarrollo si se logra entender que no es magia digital pues, tiene cuerpo físico, consume recursos y reproduce desigualdades cuando no existe una estrategia pública definida. (Investigador colaborativo: Diógenes Santos).

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