De un niño que llegó a República Dominicana en la tercera clase de un barco, a convertirse en uno de los empresarios más influyentes. Hablar de don Pepín Corripio es hablar de trabajo duro, visión de negocios y gratitud hacia un país que ya es suyo.
El aprecio de su familia a la tierra que los acogió y que se convirtió en su destino en el mundo es evidente. Al hablar de este país lo hace con una convicción y un sentimiento que tienen nombre propio: patriotismo. Lo dice con acento español, pero con un amor más dominicano que el plátano.
Su historia no comienza en oficinas corporativas ni en grandes titulares empresariales, sino en la travesía de una familia inmigrante española que decidió apostar por este trozo de isla cuando Europa enfrentaba conflictos políticos y crisis económicas.
Don Pepín abre las puertas de su hogar y de su corazón al equipo de Migrantes y, con entusiasmo y ojos brillosos, nos cuenta la historia de su familia. No es cualquier historia, es el relato de una siembra iniciada por sus padres y de una cosecha que él, su esposa, hijos y nietos han sabido cultivar con disciplina, humildad, visión empresarial y profundo agradecimiento al suelo que los acogió.
Don Pepín abrió las puertas de su hogar y su corazón al equipo del programa Migrantes. hoy/Junior Reynoso
Con esta última entrevista, el programa de televisión Migrantes cierra con broche de oro su primera temporada.
La llegada
Como muchas familias españolas de inicios del siglo XX, los Corripio emigraron de España empujados por la inestabilidad económica y el temor a los conflictos que sacudían Europa.
El primero en llegar fue el hermano mayor de su padre, Ramón Corripio, quien arribó a este país en 1917, con apenas 17 años.
Curiosamente, su destino inicial no fue República Dominicana, sino Cuba. Sin embargo, pronto comprendió algo que marcaría el rumbo de la familia. Según recuerda don Pepín, para establecerse allí, un inmigrante necesitaba cerca de 100,000 dólares, una suma completamente fuera del alcance de alguien sin capital en aquella época.
En cambio, en Santo Domingo podía comenzar con mucho menos.
Eligió oportunidad sobre apariencia, una decisión que la familia Corripio repetiría más de una vez en su historia.
“Cuba estaba demasiado adelantada para que un inmigrante pobre pudiera abrirse camino. Mi familia entendió que aquí iba a estar más entre iguales en el sentido económico. Había que ir a un país con más limitaciones, pero donde un inmigrante pudiera crecer trabajando”, explica don Pepín.
Manuel Corripio García, el padre de don Pepín, llegó poco después, con apenas 13 años, en el barco Marqués de Comillas, viajando en tercera clase, la más humilde del buque y en condiciones difíciles.
El joven, mareado por el olor a combustible y abrumado por el ruido de las máquinas, decidió subir a cubierta al amanecer para respirar aire fresco. Allí vio a varios marineros limpiando el piso y, sin que nadie se lo pidiera, tomó una cubeta y comenzó a trabajar.
Cuando lo descubrieron, explicó que solo quería poder permanecer arriba para evitar el malestar de la tercera clase.
Terminó el viaje comiendo con la tripulación.
“Mi papá vino en tercera clase. Decía que no vino en cuarta porque no había cuarta. Hizo el viaje en tercera clase, pero terminó comiendo con la tripulación. Eso demostraba su capacidad de aprovechar las circunstancias”, cuenta con orgullo.
Esa anécdota fue una señal temprana de una filosofía de vida que marcaría a la familia Corripio: aprovechar las circunstancias disponibles.
El primer negocio
En los años treinta, la familia abrió un pequeño negocio de provisiones cerca del Mercado Modelo de Santo Domingo. Vendían arroz, habichuelas, bacalao y otros productos básicos. Vivían encima del negocio.
Se levantaban antes de las 5:00 de la mañana para comprar directamente a los camiones que traían productos del campo. El trabajo era constante, familiar y disciplinado.
Don Pepín recuerda que su madre, Sara Estrada, también trabajaba en el negocio: hacía facturas, escribía a máquina y atendía clientes. El emprendimiento no era un discurso. Era supervivencia.
“La ciudad era muy pequeña. El negocio estaba al lado del Mercado Modelo, que era un sitio magnífico para vender provisiones. A las 5:00 de la mañana se oía a los cobradores gritar: ‘¡San Cristóbal, Haina!’. Ahí llegaban todos los frutos del país. Nosotros vivíamos encima del negocio; para entrar a la casa había que pasar por el almacén”, recuerda con nostalgia el hoy patriarca de los Corripio.

