Muchas veces permanecemos estancados esperando que llegue mañana para comenzar a hacer lo que sabemos que es nuestro deber y buscamos excusas para no hacerlo. Sin embargo, el mañana nunca llega para quien siempre encuentra una razón para posponerlo.
Dios nos ha dado la fuerza, la capacidad y la valentía para avanzar; pero asumir ese compromiso también implica salir de nuestra zona de comodidad, enfrentar aquello que no nos agrada y hacer lo que muchas veces preferiríamos evitar. Vencer la pasividad requiere disciplina, determinación y disposición para actuar aun cuando no tengamos deseo.
Lo más preocupante es que, mientras permanecemos en esa actitud, estamos transmitiendo un modelo equivocado a nuestros hijos y quienes nos observan están aprendiendo de nuestro ejemplo. Si lo que ven es indiferencia, falta de iniciativa, poco esfuerzo y una actitud de conformismo, ¿qué inspiración encontrarán para superarse y enfrentar los desafíos?
No podemos exigir a las próximas generaciones lo que nosotros mismos no estamos dispuestos a modelar.
Dispongamos nuestro corazón para hacer los cambios que nos permitan salir de la pasividad y poder avanzar en todo lo que Dios nos tiene preparado para esta temporada.
