Como si se tratara de algo deliberado, varias actividades celebradas esta semana estuvieron dedicadas a discutir los retos y oportunidades de la inteligencia artificial. En un simposio, empresarios y especialistas debatieron sobre el futuro del trabajo y la productividad. Un centro universitario examinó el impacto de las nuevas herramientas sobre la gestión educativa. En un encuentro organizado por el Ministerio de Cultura se abordaron sus implicaciones para la educación. Una misma preocupación, con distintos matices, se hizo presente en escenarios diversos.
La coincidencia refleja la profundidad de los cambios que están a la vuelta de la esquina. La inteligencia artificial promete aumentar la productividad, mejorar la educación y facilitar el acceso a los servicios de salud, pero también puede generar desempleo y ampliar las desigualdades entre quienes logren aprovecharla y quienes queden rezagados. Tal vez sus implicaciones más desconcertantes sean las que afectan nuestra comprensión de lo que significa ser humano.
No es descartable un mundo donde muchas personas desarrollen vínculos afectivos con sistemas capaces de conversar y de aparentar empatía ante nuestras emociones. Tampoco resulta inconcebible que, dentro de algunas décadas, si no antes, estemos discutiendo seriamente los derechos de entidades artificiales y los límites de nuestras relaciones afectivas con ellas.
Las actividades de esta semana sugieren que el liderazgo del país quiere avanzar rápidamente en esta conversación. En 2023 lanzamos una Estrategia Nacional de Inteligencia Artificial, concebida para orientar nuestras acciones hasta 2030. Ahora, tres años después, es un buen momento para identificar los obstáculos y renovar los compromisos necesarios para superarlos. Se asoma una revolución de magnitudes impredecibles. Entusiasma pensar que estamos comenzando a prestarle la atención que merece.
