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¿Dónde está la María Corina Machado de Haití?


Hoy quiero formular una pregunta que probablemente genere controversia, pero que considero necesaria:

¿Dónde está la María Corina Machado de Haití? ¿Dónde están esas voces capaces de convocar, organizar y movilizar a una nación alrededor de su propio futuro?

No estoy preguntando si Haití tiene hombres y mujeres valientes. Estoy convencida de que los tiene.

Tampoco pretendo que todos los países necesiten una figura idéntica para construir su democracia.

Mi inquietud es otra: ¿por qué, después de tantas décadas de inestabilidad, pobreza, violencia e intervenciones internacionales, seguimos sin identificar un proyecto de transformación nacional haitiano que consiga reunir suficiente legitimidad, capacidad de organización y respaldo ciudadano para cambiar sosteniblemente su destino?

Una nación no puede vivir eternamente esperando que otros la rescaten

María Corina Machado, en Venezuela, representa para una parte importante de su sociedad una experiencia de movilización y resistencia política. Su trayectoria, reconocida con el Premio Nobel de la Paz 2025, demuestra la capacidad de un liderazgo para proyectar internacionalmente una causa nacional.

No se trata de idealizar a una dirigente ni de trasladar automáticamente la experiencia venezolana a Haití.

Se trata de comprender algo fundamental: los cambios estructurales necesitan ciudadanía organizada, instituciones y liderazgos capaces de sostener una visión de país.

Haití necesita mucho más que asistencia humanitaria.

Necesita seguridad, justicia, educación, oportunidades productivas, institucionalidad y una ciudadanía que pueda participar sin temor a perder la vida.

Pero también necesita que sus iniciativas cívicas encuentren caminos para convertirse en propuestas de reconstrucción nacional.

¿Dónde están las voces haitianas?

Están. Y sería injusto desconocerlas.

En Haití existen organizaciones de derechos humanos, movimientos de mujeres, profesionales, educadores, organizaciones comunitarias y ciudadanos que continúan trabajando en condiciones extraordinariamente difíciles.

Lo que debemos preguntarnos es por qué tantas de esas voces permanecen fragmentadas, amenazadas o insuficientemente escuchadas.

Porque no es lo mismo guardar silencio por indiferencia que callar para sobrevivir.

No es lo mismo abandonar una lucha que verse obligado a huir de la violencia.

Y no es lo mismo carecer de liderazgo que carecer de condiciones para ejercerlo.

Quizás Haití no necesita descubrir a su María Corina Machado. Quizás necesita proteger y conectar a los muchos liderazgos que ya tiene.

República Dominicana no puede ser indiferente, pero tampoco puede sustituir a Haití

Desde República Dominicana observamos con preocupación lo que sucede al otro lado de la frontera.

Compartimos una isla, desafíos ambientales, dinámicas económicas y una realidad geográfica imposible de modificar.

Pero compartimos territorio insular, no la responsabilidad exclusiva de resolver la crisis de nuestro vecino.

La solidaridad no debe confundirse con la sustitución de responsabilidades.

República Dominicana tiene derecho a proteger su seguridad, aplicar sus leyes migratorias y defender su soberanía, siempre respetando la dignidad humana y sus obligaciones internacionales.

Haití, por su parte, necesita reconstruir su capacidad de gobernarse y desarrollar sus propias instituciones.

Y la comunidad internacional debe examinar con seriedad los resultados de décadas de intervenciones, cooperación y promesas.

¿Cuánto dinero se ha invertido? ¿Qué capacidades institucionales permanecen? ¿Qué indicadores muestran mejoras sostenibles? ¿Quién rinde cuentas de los resultados?

Como profesional vinculada a la gestión de procesos, la innovación y el desarrollo, considero que no basta con anunciar programas, movilizar recursos o celebrar reuniones.

Hay que medir resultados, fortalecer capacidades locales y garantizar continuidad.

Porque una intervención sin sostenibilidad puede aliviar una emergencia sin transformar sus causas.

El liderazgo no nace de la desesperación: necesita condiciones

A veces esperamos que, en medio del caos, aparezca una figura extraordinaria que transforme por sí sola el destino de millones de personas.

Pero ningún liderazgo puede sostener una transformación nacional sin organización, instituciones, participación ciudadana y protección de los derechos fundamentales.

La reconstrucción de Haití requiere que sus ciudadanos puedan ejercer sus derechos, que sus organizaciones encuentren espacios seguros y que las nuevas generaciones tengan alternativas reales frente a la violencia.

Necesita una diáspora involucrada, un sector empresarial comprometido, una sociedad civil articulada y autoridades capaces de asumir responsabilidades.

Necesita también que las mujeres haitianas, tantas veces protagonistas silenciosas de la resistencia cotidiana, puedan participar plenamente en la toma de decisiones.

No basta con preguntar quién será la próxima gran figura política.

Debemos preguntarnos qué condiciones permitirán que surjan y permanezcan nuevos liderazgos.

Mi reflexión final: ¿a quién le duele Haití?

Quiero regresar a mi pregunta inicial.

¿Acaso a los haitianos no les duele su país?

Seguramente les duele. Les duele a las madres que intentan proteger a sus hijos, a quienes han perdido sus hogares, a los profesionales que emigraron y a quienes permanecen trabajando por sus comunidades.

Entonces, quizás la verdadera pregunta sea más profunda:

¿Cómo transformar ese dolor en organización, esa organización en liderazgo y ese liderazgo en instituciones capaces de devolverle el futuro a una nación?

Porque el dolor por una patria no siempre se expresa mediante una manifestación multitudinaria o un discurso que recorre el mundo.

A veces se expresa en una escuela que sigue funcionando, en una mujer que defiende a otras mujeres, en un médico que permanece o en una comunidad que se niega a desaparecer.

Haití no necesita que nosotros decidamos quién debe representarlo.

Necesita que sus ciudadanos tengan condiciones para decidirlo libremente.

Y necesita que el mundo deje de mirar su tragedia únicamente como una emergencia que administrar.

Una nación no se reconstruye solamente con ayuda. Se reconstruye con ciudadanía, instituciones, responsabilidad y oportunidades.

Desde esta isla compartida, mi invitación es a mirar a Haití sin ingenuidad, pero también sin desprecio. Con preguntas incómodas, sí, pero con humanidad y sentido de corresponsabilidad.

Porque el verdadero interrogante no debería ser solamente dónde está la María Corina Machado de Haití.

Debería ser qué necesita Haití para que sus propios ciudadanos puedan construir, defender y sostener el país que merecen.

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