Hay tradiciones que no necesitan pasaporte. Hay recuerdos que no conocen fronteras. Y hay una fe que, sin importar cuántos kilómetros nos separen de nuestra tierra, continúa latiendo con la misma fuerza con la que aprendimos a vivirla.
El 18 de octubre de 2026, mientras el Señor de los Milagros recorre las calles de Lima, miles de peruanos lo acompañan con sus oraciones, sus promesas, sus agradecimientos y sus esperanzas.
Y otros tantos lo acompañamos desde lejos.
Desde Santo Domingo, República Dominicana, mi corazón también camina por esas calles.
Porque uno puede emigrar, construir una vida en otro país, abrazar nuevas costumbres y aprender a querer otra tierra. Pero hay raíces que nunca se desprenden del alma.
El Señor de los Milagros es una de ellas.
Una imagen que nació entre los olvidados
Hay algo profundamente revelador en el origen de esta devoción.
La tradición nos cuenta que, hacia mediados del siglo XVII, un hombre africano esclavizado pintó a Cristo crucificado sobre un humilde muro de adobe en Pachacamilla, Lima.
No fue una obra encargada por un gobernante. No nació en un palacio. Surgió en un entorno de personas que conocían el sufrimiento, la exclusión y la necesidad de encontrar esperanza.
Aquel muro sobrevivió, según la tradición, a los grandes terremotos que sacudieron Lima. Con el paso de los siglos, la devoción se convirtió en una de las expresiones religiosas más importantes del Perú.
Y aquí encuentro una primera enseñanza:
Las grandes transformaciones de la humanidad no siempre nacen de quienes tienen poder. Muchas veces nacen de quienes, aun teniendo muy poco, conservan la capacidad de creer.
Quizás por eso el Cristo Moreno sigue convocando a tantas personas. Porque en su historia también está representada la historia de aquellos que no siempre fueron escuchados.
El Perú que camina unido
Durante la procesión, las diferencias parecen hacerse pequeñas frente a algo mucho más grande.
Caminan quienes tienen recursos y quienes apenas llegan a fin de mes. Personas mayores que llevan décadas acompañándolo y jóvenes que comienzan a descubrir esta tradición.
Están quienes agradecen por una vida recuperada, quienes piden por un familiar enfermo y quienes guardan silenciosamente una preocupación que nadie más conoce.
Y están los cargadores, las sahumadoras, las cantoras, las familias y tantas personas que contribuyen a mantener viva esta manifestación de fe.
Hoy, en su segundo recorrido de 2026, la imagen tiene programado atravesar el Centro Histórico de Lima, recibir homenajes institucionales en la Plaza Mayor y frente al Congreso de la República, hasta llegar a la Iglesia del Carmen.
Pero más allá del recorrido geográfico, hay otro trayecto que merece nuestra atención.
El recorrido que cada ser humano hace entre el dolor, la esperanza y la posibilidad de volver a empezar.
¿Y qué sucede cuando termina la procesión?
Esta es la pregunta que quisiera dejar abierta.
Durante octubre vestimos de morado, rezamos, pedimos milagros y expresamos nuestra fe.
Pero ¿qué sucede con esa fe cuando volvemos a nuestra vida cotidiana?
¿Somos más solidarios con nuestros vecinos? ¿Tratamos con dignidad a quien trabaja en condiciones difíciles? ¿Nos preocupamos por los adultos mayores que viven solos? ¿Ayudamos a quienes necesitan oportunidades? ¿Actuamos con honestidad cuando nadie nos observa?
Porque, desde mi manera de comprender la vida, la fe también tiene una responsabilidad social.
No basta con conmovernos ante una imagen si permanecemos indiferentes ante el sufrimiento de las personas.
No basta con pedir justicia divina si toleramos las injusticias humanas.
No basta con implorar por la paz mundial si somos incapaces de construir paz en nuestras propias familias y comunidades.
El verdadero desafío empieza cuando las andas descansan y nosotros regresamos a nuestras responsabilidades.
Allí también podemos hacer que nuestra fe se convierta en acción.
Un Señor de los Milagros que también camina con los migrantes
Quienes vivimos lejos de nuestra patria sabemos que emigrar es mucho más que cambiar de territorio.
Es aprender a vivir con ausencias.
Es extrañar voces, abrazos, aromas, celebraciones y pequeños acontecimientos que antes parecían cotidianos.
Es construir nuevos afectos sin renunciar a los anteriores.
Y es descubrir que la identidad no depende únicamente del lugar donde vivimos, sino también de aquello que elegimos conservar.
Hoy pienso en los peruanos que están repartidos por el mundo. En quienes emigraron buscando oportunidades. En quienes cuidan a otras personas lejos de sus propias familias. En quienes empiezan de nuevo después de los cincuenta o sesenta años. En quienes trabajan incansablemente para enviar algo de dinero a casa.
También pienso en los que quisieran regresar, pero todavía no pueden.
Para todos ellos, el Señor de los Milagros representa algo que va más allá de una celebración religiosa.
Representa pertenencia.
Porque se puede estar lejos del Perú sin dejar de llevar al Perú dentro de uno.
Una oración desde la familia y por toda la humanidad
Hoy elevo mis intenciones desde Santo Domingo, junto a las familias Pariente Peña y Ramos Pariente.
Señor de los Milagros:
Cuida a nuestras familias, a quienes están cerca y a quienes la distancia nos impide abrazar.
Acompaña a nuestros adultos mayores. Concédeles salud, respeto, compañía y una vida digna.
Protege a nuestros hijos, hermanos, nietos y a las generaciones que vienen detrás de nosotros. Que encuentren oportunidades para construir su futuro sin perder sus valores.
Ilumina a quienes atraviesan enfermedades, dificultades económicas, conflictos familiares o momentos de profunda soledad.
Bendice al Perú, a la República Dominicana y a todas las naciones que acogen a quienes buscan un nuevo comienzo.
Protege a los trabajadores, a los migrantes, a los niños, a las mujeres que sostienen sus hogares y a quienes dedican su vida a servir a los demás.
Te pido especialmente por quienes viven en medio de guerras, violencia, hambre, desplazamientos y desastres naturales.
Y también por quienes tienen responsabilidades públicas: que comprendan que gobernar no es ejercer poder sobre las personas, sino asumir la responsabilidad de servirlas.
Señor, protege al mundo. Pero también ayúdanos a comprender qué debemos cambiar nosotros para hacer del mundo un lugar mejor.
Que el milagro también seamos nosotros
Cuando pienso en aquella imagen que sobrevivió al paso del tiempo, pienso también en la enorme capacidad de resistencia del ser humano.
En las madres que nunca se rinden. En los trabajadores que salen cada mañana sin saber si tendrán suficientes ingresos. En quienes enfrentan enfermedades con valentía. En los emprendedores que vuelven a intentarlo después de fracasar.
Y pienso en algo que considero esencial:
Tal vez muchas veces esperamos que el milagro llegue desde afuera, cuando también tenemos la posibilidad de convertirnos en parte de la respuesta que alguien necesita.
Un alimento compartido. Una oportunidad laboral. Una palabra que reconcilia. Un acto de honestidad. Una mano tendida. Una decisión que protege la dignidad de otra persona.
Son acciones aparentemente pequeñas, pero pueden transformar profundamente una vida.
La innovación, la solidaridad, el conocimiento y la fe no deberían caminar por caminos separados cuando todos pueden contribuir al bienestar humano.
Porque creo en una sociedad donde el progreso no se mida solamente por lo que construimos, sino también por las personas a las que dejamos de excluir.
Y creo en un Estado que cuida, en ciudadanos que participan y en comunidades que comprenden que el bien común comienza con nuestras decisiones.
La procesión que nunca termina
Esta noche, mientras Lima continúa viviendo su mes morado, pienso en todos aquellos que alguna vez caminaron junto al Señor de los Milagros y que hoy ya no están físicamente entre nosotros.
En nuestros padres, abuelos, familiares y amigos.
En quienes nos enseñaron a rezar, a compartir, a respetar y a no perder la esperanza.
Cada generación recibe esta tradición y tiene la responsabilidad de transmitirla a la siguiente, no solamente como una costumbre, sino como un legado de humanidad.
Por eso, desde Santo Domingo, sigo sintiéndome parte de ese inmenso recorrido.
No necesito estar físicamente bajo las andas para acompañarlo con el corazón.
Y quisiera que, cuando el Señor de los Milagros regrese a su santuario, algo de su mensaje permanezca caminando entre nosotros.
Que se traduzca en menos indiferencia, más solidaridad, menos violencia, más justicia y mayores oportunidades para todos.
Porque, al final, quizás el milagro más grande que podemos pedir es aprender a construir una humanidad que cuide mejor de sí misma.
Señor de los Milagros, acompáñanos dondequiera que estemos. Que nunca perdamos la fe, la memoria de nuestras raíces ni la voluntad de hacer el bien.
Y que un día comprendamos que también podemos ser instrumentos del milagro que tanto necesita nuestro mundo.
Desde Santo Domingo, República Dominicana, con mi corazón peruano y mi compromiso con el bien común.
